
En las últimas semanas, en España se ha intensificado el debate sobre el futuro del sistema de pulseras electrónicas destinadas a proteger a las víctimas de violencia de género. Hasta ahora, este servicio había estado en manos de empresas privadas, lo que en varias ocasiones ha provocado fallos y quejas tanto entre los usuarios como entre los funcionarios. Desde 2009, grandes compañías como Telefónica y Securitas Direct, y posteriormente Vodafone y Securitas, se han encargado de su gestión. Sin embargo, los recientes problemas técnicos y una fallida transición entre contratistas han vuelto a poner sobre la mesa la idoneidad de delegar una función tan importante al sector privado.
El cambio de una empresa a otra no solo estuvo marcado por dificultades técnicas, sino también por incumplimientos de las condiciones contractuales. Los nuevos operadores no siempre lograron cumplir con sus responsabilidades, lo que generó preocupación sobre la seguridad de las mujeres protegidas por el sistema. Las autoridades reconocen que detener el servicio no es opción, ya que de él dependen las vidas de casi cinco mil personas. Incluso en condiciones de caos y confusión, como señalaron los trabajadores del centro Cometa, el sistema debe funcionar sin interrupciones.
Recientemente, representantes del Ministerio de Igualdad anunciaron el inicio del proceso de transferencia del sistema a la gestión estatal. Ahora, no solo los dispositivos, sino también el software con el que se monitorean las señales de alarma, pasan a ser propiedad del Estado. Se espera que esto aumente la transparencia, facilite el control de calidad y reduzca la dependencia de los intereses comerciales de los contratistas. Sin embargo, por el momento solo se trata de los primeros pasos, y la completa nacionalización del sistema aún está lejos.
Muchos expertos y exfuncionarios están convencidos de que solo el modelo estatal puede garantizar el nivel adecuado de seguridad y transparencia. Señalan que en otros países, sistemas similares suelen estar supervisados por los ministerios de Justicia o Interior, y no se externalizan. En España, sin embargo, históricamente ha sido diferente, y ahora las autoridades se ven obligadas a corregir las consecuencias de decisiones anteriores. La cuestión de cuándo el sistema será completamente público sigue abierta. Por ahora, el ministerio promete reforzar el control sobre los contratistas y no descarta la imposición de sanciones en caso de incumplimiento. Para miles de mujeres y niños que dependen de estas tecnologías, los cambios pueden ser cuestión de vida o muerte.











