
En España se ha reavivado el debate sobre el destino de los menores migrantes atrapados entre dos fuegos por la incertidumbre en torno a su edad. Este problema afecta no solo a casos individuales, sino a todo el sistema de protección social, generando además tensiones en las regiones que reciben nuevas oleadas migratorias. Las dificultades para determinar la edad dejan a muchos jóvenes sin apoyo ni perspectivas, a pesar de las garantías legales existentes.
La historia de Mame, un joven de Senegal que actualmente reside en Asturias, se ha convertido en un símbolo para miles de chicos en su misma situación. Su trayecto por España —desde Canarias hasta Luarca— estuvo marcado por una lucha constante para que se reconociera su edad y su derecho a la protección. En cada nueva etapa cambiaba su estatus: a veces le consideraban menor, otras adulto, dependiendo de los documentos que podía presentar y de las pruebas a las que era sometido.
El laberinto de la burocracia
Mame llegó a España en una patera sin documentación. Al principio fue destinado a un centro de adultos en Extremadura, de donde pronto terminó en la calle. Más tarde, en Cataluña, pese a declarar que era menor de edad, le realizaron unas controvertidas pruebas biométricas con las que determinaron que era mayor. La historia se repitió en Asturias: tras nuevas evaluaciones, la Fiscalía volvió a negarle el estatus de menor y tuvo que abandonar de nuevo un centro de acogida.
Los abogados siguen luchando para que el pasaporte de Mamé, donde consta que tiene 17 años, sea reconocido como base válida para obtener la tutela. Sin este documento, no podrá acogerse al programa de regularización anunciado por el gobierno, ya que para ello es necesario ser mayor de edad o tener padres en España. Actualmente, Mamé no cumple ninguno de estos requisitos.
Cientos de jóvenes migrantes se enfrentan a dificultades similares. Incluso contando con documentos que acreditan su edad, a menudo se les someten a pruebas adicionales: les miden los huesos de la muñeca o la mandíbula mediante métodos obsoletos, que desde hace tiempo son motivo de controversia entre especialistas. La ley prohíbe estos test si existen papeles oficiales, pero en la práctica esta exigencia se ignora con frecuencia.
Lagunas en la ley
Las comunidades autónomas están obligadas a tutelar a los menores no acompañados y ayudarles en su proceso de regularización para que puedan trabajar a partir de los 16 años. Sin embargo, en la práctica muchos alcanzan la mayoría de edad sin haber obtenido la documentación necesaria y acaban en la calle sin recursos. Los recientes cambios en la ley han reducido el plazo de tramitación de nueve a tres meses, incluso si el menor no tiene pasaporte. Pero estas medidas no siempre funcionan como se espera.
El traslado de menores desde regiones saturadas como las Islas Canarias, Ceuta y Melilla a otras zonas del país genera nuevos conflictos. En algunos lugares, los vecinos protestan contra el alojamiento de migrantes, mientras que los propios adolescentes se resisten al traslado. En varios casos, se repiten pruebas controvertidas a pesar de que existen documentos, lo que provoca indignación entre voluntarios y abogados.
La situación de Mamé es solo una de muchas en las que los menores migrantes quedan en un vacío legal. Sus derechos se vulneran en cada etapa y las decisiones de las autoridades suelen ser contradictorias. Como resultado, estos jóvenes pierden la oportunidad de tener una vida normal e integrarse en la sociedad.
Vulnerabilidad doble
El problema se agrava porque el destino de estos adolescentes depende de la responsabilidad de las autoridades regionales. Si una comunidad autónoma no cumple con sus obligaciones, el menor migrante queda sin protección ni estatus legal. Esto favorece nuevos conflictos y refuerza la desconfianza en el sistema.
En los últimos años, España se enfrenta a un aumento en el número de menores migrantes que llegan sin documentos. Cada caso supone un reto para la legislación y la infraestructura social. La cuestión de quién y cómo debe determinar la edad sigue abierta y genera debates intensos.
Voluntarios y defensores de derechos humanos insisten en la necesidad de reformar el sistema para eliminar los abusos y garantizar la protección de los más vulnerables. Sin embargo, mientras las decisiones sigan tomándose a nivel local, el destino de muchos adolescentes continuará dependiendo de factores aleatorios y trámites burocráticos.
En los últimos años, España se ha enfrentado repetidamente a olas de migración de menores no acompañados. En 2024, debates similares sobre la edad de los migrantes desencadenaron protestas masivas en Andalucía y Cataluña, donde las autoridades locales también recurrieron a métodos controvertidos para determinar la edad. En ese momento, las organizaciones de derechos humanos lograron la suspensión temporal de las pruebas biométricas, aunque el problema permaneció sin solución definitiva. En 2025, en Valencia y Canarias volvieron a estallar conflictos por la distribución de menores entre regiones, lo que provocó nuevas protestas y procedimientos judiciales. Estos acontecimientos ponen de manifiesto que la cuestión de los derechos y el estatus de los jóvenes migrantes sigue siendo uno de los temas más delicados para la sociedad española y requiere cambios sistémicos.












