
Cuando se habla de antiguas necrópolis, la imaginación suele evocar paisajes de Egipto o de la lejana México. Pocos se imaginan una construcción similar en Europa, y menos aún en España. Sin embargo, existe, y su historia está lejos de los folletos turísticos. En una zona montañosa, en la frontera entre Burgos y Cantabria, se esconde de miradas ajenas una estructura gigantesca, erigida para los legionarios italianos. Este coloso de veinte metros de altura, coronado por una cruz, desafía durante décadas al tiempo y al viento, permaneciendo como un testigo silencioso de los turbulentos acontecimientos del siglo pasado. Recientemente, a comienzos de 2024, la administración de Castilla y León otorgó a este polémico monumento un estatus protegido, reconociéndolo como parte del patrimonio histórico.
El origen de este inusual memorial en tierras españolas está directamente ligado al conflicto civil. Fue construido en 1939 por orden del líder nacionalista, con el objetivo de conmemorar a los soldados italianos del “Cuerpo de Tropas Voluntarias”. Estos legionarios fueron enviados por Benito Mussolini para apoyar a los sublevados. El proyecto, creado por el arquitecto Attilio Radic, resultó en una peculiar combinación de ambiciones imperiales y racionalismo arquitectónico, inspirado en la tumba romana de Cestio. Las líneas austeras y la casi perfecta simetría pretendían encarnar el espíritu de una nueva era que intentaban promover dos líderes autoritarios.
Durante muchos años, en el interior del edificio reposaron los restos de casi cuatrocientos combatientes caídos en la feroz batalla por Santander. Sus nombres estaban grabados en nichos de piedra caliza, dispuestos en hileras ordenadas. Cada inscripción iba acompañada de la palabra “Presente” repetida tres veces, el tradicional grito de los camisas negras italianos que indica que el combatiente caído sigue presente espiritualmente en las filas. Así, la construcción servía no solo como tumba, sino como un potente símbolo ideológico que cimentaba la alianza entre ambos regímenes.
Pero los tiempos cambiaron y el monumento quedó en el olvido. En la década de los setenta, los restos de los soldados fueron exhumados: algunos fueron repatriados a Italia, mientras que otros fueron enterrados de nuevo en la iglesia de San Antonio de Padua en Zaragoza. El memorial, ya vacío, quedó sin vigilancia ni mantenimiento. Años de abandono, el duro clima de montaña y los actos vandálicos dejaron huella. Los bajorrelieves desaparecieron de las paredes y el edificio comenzó a deteriorarse lentamente, perdiendo su aspecto y significado originales.
Hace poco, el futuro de la construcción estuvo realmente amenazado. En 2023, fue incluida en la lista de bienes que contravienen la Ley de Memoria Democrática, lo que abría la puerta a su demolición. Sin embargo, el gobierno regional de Castilla y León optó por una vía diferente. Tras largos debates, iniciados ya en febrero de 2023, se dictó una resolución que otorgaba al edificio la categoría de “Monumento” dentro de la protección del patrimonio histórico. Esta medida vetó de facto cualquier intento de desmantelamiento. Los expertos destacan que el valor de la estructura no reside en sus méritos artísticos, sino en su capacidad de ser un reflejo material de un periodo complejo e incómodo de la historia de España.
Hoy en día la cripta sigue vacía y en silencio. Su destino futuro genera intensos debates en la sociedad. Unos proponen convertirla en un complejo museístico dedicado a la memoria del enfrentamiento civil; otros insisten en la completa destrucción de este símbolo de intervención extranjera. La enigmática letra “M” esculpida sobre la entrada sumariza el misterio: algunos la vinculan al Duce italiano, otros la leen como “Monumentum”. Abandonada, aunque ahora inamovible, esta reliquia del pasado continúa proyectando una inquietante sombra sobre el paisaje del valle de Valdebezana, recordando cómo la piedra puede guardar el silencio de la historia.












