
Esta semana, el estudio internacional TALIS 2024 volvió a centrar la atención en la situación del profesorado en distintos países, pero Madrid quedó al margen del debate. A diferencia de años anteriores, las autoridades regionales decidieron no aportar datos propios para el análisis. Esta decisión sorprendió a docentes y expertos, ya que ahora es imposible saber cómo se encuentran los profesores madrileños en comparación con sus colegas de otras regiones.
Las razones de este paso se encuentran en los resultados del estudio anterior. En 2018, Madrid figuraba entre las regiones con mayor nivel de estrés y sobrecarga entre el profesorado. Los docentes se quejaban del exceso de clases, la burocracia, la falta de tiempo para preparar las lecciones, la presión constante de las familias y la ausencia de apoyo por parte de la administración. Por entonces, la región ocupó los primeros puestos en la mayoría de los indicadores negativos relacionados con el agotamiento profesional y la inestabilidad laboral.
Desde entonces, según muchos, la situación solo ha empeorado. Las autoridades regionales no solo no tomaron medidas para mejorar las condiciones, sino que además optaron por silenciar los problemas. La prometida reforma para reducir la carga lectiva quedó en papel — para miles de docentes nada cambió. El número de alumnos por profesor sigue siendo el más alto del país y los contratos temporales y la obligación de trabajar en varios centros se han convertido en la norma para muchos profesionales.
Preocupa especialmente el aumento del número de docentes que abandonan la profesión. La falta de reconocimiento, la sobrecarga constante y la ausencia de estabilidad obligan a muchos a buscar otras salidas. En Madrid, esta tendencia es especialmente evidente: los profesores son reemplazados por personal temporal, que se ve forzado a trabajar en varios centros para completar la jornada laboral.
En lugar de soluciones reales, las autoridades se limitan a declaraciones rimbombantes e ignoran los problemas clave. No existe un programa integral de apoyo, ni inversiones en el desarrollo profesional, ni siquiera se reconoce la existencia de la crisis. En el ámbito de la educación ambiental, Madrid también se queda atrás: las escuelas sufren por la falta de ventilación y control climático, y los proyectos de desarrollo sostenible no pasan de ser simples consignas. La situación en digitalización tampoco es mejor: la implantación de nuevas tecnologías avanza lentamente, mientras que los colegios privados gozan de mayor flexibilidad, lo que incrementa las desigualdades.
Los recortes continuos al tiempo dedicado a la formación y la falta de inversiones en el desarrollo docente contradicen los discursos sobre la búsqueda de la “excelencia”. La financiación educativa per cápita en la región sigue siendo la más baja del país y una de las peores de Europa en relación al PIB.
Expertos coinciden en que, si las autoridades realmente se preocuparan por el futuro de la educación, revisarían la carga lectiva, reducirían el número de alumnos por clase, invertirían en la salud emocional de los docentes y garantizarían la estabilidad del personal. Sin embargo, en lugar de eso, reina el silencio y se intentan ocultar hechos incómodos.
En respuesta a la situación actual, la oposición prepara una iniciativa en el parlamento regional, exigiendo al gobierno cambios inmediatos. Los docentes de Madrid merecen más, y el sistema educativo necesita un apoyo real, no solo promesas bonitas.












