
Protección rota: cuando la pulsera no te salva
En junio del año pasado, en Torremolinos, una pequeña ciudad de la provincia de Málaga, ocurrió un incidente que volvió a cuestionar la eficacia de las pulseras electrónicas para víctimas de violencia de género. Un hombre, obligado a llevar el dispositivo para impedir que se acercara a su expareja, se lo quitó y lo dejó en un bar junto al teléfono que registraba su ubicación. Después desapareció y la policía lo buscó durante cuatro días. Para la mujer, que llevaba dos años siendo acosada y agredida por él, esas 96 horas fueron una auténtica pesadilla.
El Juzgado de Violencia sobre la Mujer de Málaga impuso al hombre una orden de alejamiento y 26 meses de prisión. Pero ni siquiera así la víctima recuperó la tranquilidad. Recuerda que el dispositivo, pensado para protegerla, a menudo fallaba. En un año tuvo que cambiar el terminal catorce veces debido a constantes problemas técnicos. «No confío en ese aparato, solo en los agentes que me protegen», admite.
Fallos técnicos y pérdida de confianza
La mujer señala que se ha cruzado varias veces con su expareja en la calle y el sistema no reaccionó. En ocasiones, la alarma se activaba con retraso o sin motivo alguno. Según la fiscalía, estos fallos se registraron durante un año, pero nadie fue responsabilizado. Pese a ello, las pulseras electrónicas siguen considerándose uno de los métodos más fiables de protección en España: ninguna mujer que lleva este dispositivo ha sido asesinada. Sin embargo, cuando la tecnología falla, las víctimas quedan indefensas.
El Ministerio de Igualdad se enteró de los problemas gracias a los informes del personal del centro Cometa. Para la víctima, esto significó no solo vivir bajo un estrés constante, sino también afrontar cambios forzados: cambiar de trabajo, trasladar a sus hijos a otra escuela para dificultar que el acosador encontrara a la familia. La mujer admite que ha perdido completamente la confianza en el sistema que debía protegerla.
Historia de violencia y huida
La vida de la protagonista cambió tras separarse de su primer marido, que la dejó sola con los hijos. Poco después conoció a otro hombre. La relación empezó en febrero de 2020 y al mes siguiente llegó la pandemia. Él le propuso vivir juntos para ayudar con los niños, y ella aceptó. Pero pronto comenzaron los gritos, las mentiras, los golpes, tanto a ella como a los niños. La causa habitual solían ser los ataques de celos.
El punto culminante fue una paliza estando embarazada de siete meses, en el día de Navidad de 2021. La mujer logró escapar. Después vinieron amenazas, daños a su coche e incluso el incendio del asiento infantil. Ella acudió a la policía, donde descubrieron que el hombre tenía 17 detenciones previas, incluyendo amenazas y agresión sexual. Fue arrestado, lo que supuso un alivio para la mujer.
Nueva realidad: vivir bajo control y miedo
El tribunal impuso al hombre una orden de alejamiento, pero mientras él estuvo en prisión, la medida no era necesaria. Tras su puesta en libertad en agosto de 2024, le colocaron una pulsera de seguimiento. La mujer recuerda que ese día no salió de casa y que los niños tampoco fueron a la escuela: el miedo era abrumador. Pero entonces comenzó otra fase de acoso: el hombre descubrió que podía usar el dispositivo como medio de presión psicológica. Se acercaba intencionadamente a la casa para activar la alarma, y en ocasiones dejaba el teléfono en casa o lo apagaba para eludir el control. Para la mujer, esto se convirtió en un nuevo tipo de tortura.
Especialmente peligrosos eran los momentos en los que el sistema no funcionaba a tiempo. En una ocasión, ella lo vio en un paso de peatones y la alarma se activó sólo dos minutos después. En otros casos, la alerta sonó sin motivo, y la mujer dejó de prestarle atención para no vivir en un estado constante de estrés.
Decisiones judiciales y consecuencias
Desde la presentación de la denuncia hasta el juicio pasaron más de dos años. En enero de 2025, el hombre fue condenado a 26 meses de prisión, pero la pena fue suspendida, bajo la condición de que no incumpliera la orden de alejamiento y pagara la indemnización. La mujer aceptó este acuerdo para evitar enfrentarse a él en el juzgado. Recibió una orden de alejamiento de 500 metros respecto a ella, su domicilio y su trabajo, vigente por ocho años. Sin embargo, el hombre continuó incumpliendo las condiciones: dejaba el teléfono en casa, lo apagaba, y el sistema seguía fallando.
En junio dejó la pulsera y el teléfono en un bar, lo que fue registrado por el juzgado de lo penal de Málaga. La abogada de la mujer solicitó la revocación de la suspensión de la condena, ya que había violado repetidamente la orden de alejamiento. Solo después de que el hombre volvió a prisión por otro asunto, la mujer se sintió libre. Pero es consciente de que, cuando él salga, el miedo regresará. Ahora, cada vez que cambia de trabajo, lo primero que hace es identificar las salidas de emergencia y las cámaras de seguridad. «Vivimos con miedo constante, aunque los que deberían sufrir son ellos», afirma.











