
La situación en las líneas de cercanías de Cataluña (Rodalies) vuelve a ocupar la atención pública. Para miles de residentes de la región, el funcionamiento estable de los trenes es más que una cuestión de comodidad: es una necesidad vital. Tras la reciente serie de interrupciones y un trágico incidente en la línea cerca de Gelida, muchos esperaban una pronta recuperación del ritmo habitual. Sin embargo, la realidad ha resultado mucho más dura: aunque los trenes regresaron a sus rutas, los problemas no han desaparecido, sino que han tomado nuevas formas.
Los pasajeros que dependen a diario de Rodalies relatan retrasos constantes y trenes abarrotados. Lucía, vecina de la zona norte de la línea R2, compara el viaje con estar en una lata de sardinas: no hay espacio libre y el ambiente recuerda a los fines de semana, cuando se reduce la frecuencia. Ella admite que ya no recuerda cuándo fue la última vez que el servicio funcionó sin fallos. Para Mari Cruz, que trabaja en Castelldefels, el trayecto al trabajo se ha vuelto una odisea: el trayecto que normalmente dura menos de una hora ahora puede extenderse a dos o más. Según cuenta, la situación no cambia con los años, y las esperanzas de mejora se desvanecen día a día.
Un viaje sin garantías
La comprobación de la ruta desde la estación de Sants hasta Sant Vicenç de Calders ilustra claramente la magnitud del problema. Un trayecto habitual de dos horas se convierte en una odisea de cinco horas: transbordos a autobuses, largas esperas en los andenes, ausencia de información. Incluso el personal de Renfe, llegado desde Madrid para supervisar la situación, intenta mantener el optimismo y asegura que nadie se quedará en el andén. Sin embargo, los pasajeros no comparten su confianza.
Cada día surgen nuevas historias. Paquito, limpiador de ventanas, se ve obligado a llevar su bicicleta para compensar de alguna forma los retrasos. Alicia, que solo debe recorrer unos pocos kilómetros, tarda dos horas en llegar. Anya, pasajera menor de edad, no entiende cómo pueden dejar a la gente a su suerte. Jorge, temiendo llegar tarde al trabajo, vive con estrés constante. Los empleados de las estaciones, como Eva y Alexandra, hacen todo lo posible por ayudar, pero sus esfuerzos suelen ser una gota en el mar.
Nudos de tensión
La estación de Sant Vicenç de Calders, un nodo ferroviario clave en la región, se ha convertido en símbolo de la incertidumbre. Aquí, pasajeros como Diego y Marisa se ven obligados a buscar rutas alternativas para llegar a su destino. La espera de los trenes se parece a una lotería: nadie sabe cuándo ni adónde saldrá el próximo convoy. En apariencia, todo está en calma, pero tras la fachada se esconde una atmósfera tensa y un descontento creciente.
Incluso los trayectos cortos entre pequeños municipios y las capitales de comarca se han vuelto imprevisibles. Para muchos, el tren es la única forma de recoger a sus hijos del colegio a tiempo o llegar a clase. La falta de bancos y refugios en los andenes hace que la espera sea especialmente dura, sobre todo para personas mayores y familias con niños.
Caos cotidiano
La crisis de Rodalies ha afectado a toda la sociedad. Quienes estaban acostumbrados a ciertos horarios ahora deben hacer sus planes teniendo en cuenta posibles incidencias. El personal ferroviario muestra paciencia e intenta mantener el orden, pero sus recursos son limitados. Cada día surgen nuevos retos: desde la cancelación inesperada de un tren, hasta vagones saturados o falta de información sobre conexiones.
Al final, para miles de catalanes, el trayecto al trabajo o la universidad se ha convertido en una lotería. Esperar en los andenes, buscar rutas alternativas, convivir con la tensión constante—todo forma ya parte del día a día. Mientras la situación no mejore, la paciencia de los pasajeros y de los trabajadores ferroviarios se pone a prueba.












