
Una noche que debía ser de celebración terminó en tragedia para la familia Jara. La última vez que hablaron con Mario fue por teléfono: les contó que no le había dado tiempo a comer y que pensaba comprar algo en la cafetería del tren. Nadie podía imaginar entonces que el Alvia 2384, en el que regresaba a casa tras examinarse para un puesto de ayudante en Instituciones Penitenciarias, sería su último viaje.
En casa, su madre le esperaba con una tarta y las velas encendidas: Mario cumplía 42 años. Pero la celebración se transformó en una pesadilla que se prolongó durante más de dos días. Los padres, Charo y Miguel, pasaron noches en vela esperando cualquier noticia. La mañana del miércoles comenzó para ellos con un viaje al Centro de Atención Ciudadana en Córdoba, donde se reunían las familias de los afectados. Solo horas después les notificaron: el ADN de su hijo coincidía con uno de los cuerpos hallados en los vagones destrozados.
Esperanzas perdidas
Con cada hora aumentaba el número de víctimas identificadas. A primera hora del miércoles, los forenses de la Guardia Civil confirmaron la identidad de 26 fallecidos. Pero los avisos a las familias llegaban lentamente, como gotas de agua en el desierto. Al salir del centro, los padres de Mario acudieron al Instituto Anatómico. La madre no podía contener las lágrimas; el padre recordaba cómo, aquella noche trágica, recibió la noticia del accidente mientras hacía deporte. Inmediatamente se puso al volante y partió desde Sevilla hacia Huelva, sin cesar de llamar a su hijo. El teléfono permanecía en silencio. Cada minuto, la esperanza se desvanecía y daba paso al miedo y la desesperación.
Mario nació en Córdoba, pero desde los tres años vivió en Huelva. Su padre lo describe como un chico amable y alto, pero las palabras se le atragantan: es demasiado difícil hablar de quien ya no está.
Números y destinos
Los datos oficiales se actualizan una vez al día. En los hospitales de Andalucía permanecen 37 heridos, entre ellos cuatro niños. El número de fallecidos ha llegado a 42, después de que los rescatistas recuperaran otros tres cuerpos de los vagones. Durante la noche no se encontraron nuevas víctimas. Sin embargo, para muchas familias la espera no ha terminado: siguen con la esperanza de que sus seres queridos aparezcan con vida, aunque con cada hora esa fe se debilita.
En el Centro de Apoyo Ciudadano de Córdoba reina una atmósfera pesada. Personas que han perdido contacto con sus familiares esperan noticias entre frías paredes, aferrándose a cualquier mínima información. Para ellos, el tiempo se ha detenido y cada nuevo día solo trae dolor e incertidumbre.
Una espera interminable
La familia de Nawal no pierde la esperanza de saber qué ocurrió con Yamila, quien viajaba en el octavo vagón del tren Iryo. Ella pasó el fin de semana en Málaga con su esposo, que trabaja allí, mientras que ella reside en Madrid. Justamente ese vagón fue uno de los que descarrilaron y quedaron destrozados por la locomotora del tren que venía en sentido contrario. Cada hora sin noticias se convierte en una tortura para los suyos. Pasan las noches en un hotel y los días en el centro, a la espera de cualquier novedad.
Cuando a Naoual le informaron que todos los heridos ya habían sido identificados, perdió el conocimiento. Para muchos familiares, esa era la última esperanza, que se desvaneció en un instante. La espera, cargada de miedo y desesperación, se convirtió en la parte más dura de esta tragedia.
Apoyo psicológico
En estos momentos la ayuda de los especialistas resulta especialmente importante. La madre de Mario agradece al personal de Cruz Roja por el apoyo que la ayuda a sobrellevar lo insoportable. Pero ninguna palabra puede aliviar el dolor de la pérdida. Las familias siguen esperando, aferrándose a la esperanza y temiendo escuchar lo peor.
La tragedia en Adamuz ha sido una prueba no solo para los afectados, sino también para todos los que esperan noticias de sus seres queridos. La espera es la tortura más cruel, cuando cada llamada puede cambiar una vida para siempre.












