
En la Universitat de València se avecina un serio conflicto: en medio del cansancio y la decepción entre profesores y estudiantes, la candidatura de Juan Luis Gandía ha emergido de manera inesperada. Su aparición en la carrera por el rectorado ha sacudido a la comunidad académica, ya que ha manifestado abiertamente la necesidad de cambios radicales y de una gestión colectiva de la universidad. En los últimos meses, han aumentado las conversaciones sobre sobrecarga laboral, falta de recursos y ausencia de transparencia en la toma de decisiones. Muchos empleados confiesan estar agotados por las reformas interminables que no traen resultados tangibles, mientras que los estudiantes denuncian la creciente complejidad de los procesos académicos y la burocracia.
Gandía, profesor de Economía y Finanzas, no lo oculta: la universidad necesita urgentemente un nuevo rumbo. Según afirma, en los últimos quince años la institución ha quedado atrapada en un ciclo de recortes presupuestarios constantes, lo que ha provocado falta de personal y una merma en la calidad educativa. La implantación de tecnologías digitales, lejos de las expectativas, solo ha incrementado la carga de trabajo para docentes y personal administrativo, y los complejos sistemas electrónicos y procedimientos enrevesados han generado un descontento generalizado. En los pasillos del campus, cada vez se escucha más que el antiguo modelo de gestión, basado en la opacidad y la participación formal, ya no funciona.
Retos y decepciones
La situación se agravó tras la pandemia de COVID-19, cuando la universidad se vio obligada a pasar precipitadamente a la enseñanza en línea. La infraestructura tecnológica no estaba preparada para estos cambios y el profesorado carecía de apoyo y del equipamiento necesario. Muchos aún recuerdan ese periodo como una época de caos e incertidumbre, en la que cada nueva directriz generaba más preguntas que respuestas. Como resultado, según Gandía, en la universidad se instauró un clima de apatía y desconfianza hacia la dirección.
No obstante, a pesar del ambiente general de pesimismo, en la universidad hay quienes creen en la posibilidad de un cambio. Las reuniones y debates celebrados durante el último año han demostrado que entre el personal y el estudiantado hay muchos dispuestos a luchar por una renovación del sistema. Gandía apuesta precisamente por estas personas, subrayando que solo con esfuerzos conjuntos se podrá superar la crisis y devolver a la universidad su antigua reputación.
Tecnología y desigualdad
Uno de los temas centrales de la campaña de Gandía ha sido la digitalización y la incorporación de la inteligencia artificial. Advierte que, si no se establecen reglas claras ni se garantiza el acceso igualitario a las nuevas tecnologías, la universidad podría enfrentarse a una mayor desigualdad entre estudiantes y personal. Según él, la innovación debe estar al servicio no solo de la eficiencia, sino también de la calidad educativa y de preservar el factor humano en la enseñanza. De lo contrario, alerta el candidato, la institución corre el riesgo de perder definitivamente el vínculo con las verdaderas necesidades de la sociedad.
Gandía insiste en que la universidad no solo debe responder a los desafíos del momento, sino anticiparse a ellos, definiendo su propia estrategia de desarrollo. Para ello, afirma, es necesario revisar las prioridades, dejar atrás el enfoque meramente formalista en la gestión y apostar por la apertura, el diálogo y la toma de decisiones colectiva. Solo así, sostiene, se podrá recuperar la confianza en el liderazgo e involucrar a todo el colectivo universitario en el proceso de cambio.
Un nuevo modelo de gestión
El eje central del programa de Gandia es la idea de una «buena gestión» basada en los principios de democracia, transparencia y ética. Propone crear condiciones en las que cada empleado y estudiante pueda influir en el futuro de la universidad y las decisiones se tomen tras debates abiertos y teniendo en cuenta los intereses de todas las partes. El candidato dedica especial atención a la distribución de recursos, al apoyo de los proyectos de investigación y al desarrollo de lazos internacionales. En su opinión, solo así la universidad no solo podrá sobrevivir en un entorno altamente competitivo, sino también alcanzar posiciones de liderazgo en el espacio educativo europeo.
Al mismo tiempo, Gandia no lo oculta: los cambios serán dolorosos y requerirán la movilización de todas las fuerzas. Llama a no temer las dificultades ni dejarse llevar por la apatía, ya que, según sus palabras, solo el avance conjunto puede sacar a la universidad de una crisis prolongada. Su lema —«Amb vosaltres, es pot canviar» («Con vosotros se puede cambiar»)— ya ha generado debates encendidos en los pasillos del centro. Algunos ven en ello una oportunidad de renovación, mientras que otros temen una nueva ola de reformas e incertidumbre.
Promesas y temores
Mientras algunos profesores y estudiantes miran con esperanza las próximas elecciones, otros se muestran escépticos y temen que tras las declaraciones rimbombantes se oculte otro intento de redistribuir el poder. En la universidad no cesan los debates sobre si el nuevo equipo realmente podrá cambiar un sistema arraigado o si todo terminará en una nueva decepción. Sin embargo, casi no quedan indiferentes ante lo que ocurre: la lucha por el rectorado ya se ha convertido en el principal acontecimiento del año para toda la comunidad académica de Valencia.
En las próximas semanas las tensiones en torno a las elecciones solo aumentarán. La cuestión sobre el futuro de la universidad, su papel en la sociedad y su capacidad para responder a los desafíos actuales va mucho más allá de una sola campaña. Para muchos empleados y estudiantes, estas elecciones se han convertido en un símbolo de esperanza o, por el contrario, en una señal inquietante sobre los problemas profundos que aún están por resolver.











