
En Valencia vuelve a sentirse la vergüenza. Los ciudadanos perciben que su región es nuevamente objeto de burlas y compasión, como si la crónica enfermedad de la corrupción y la incompetencia política nunca abandonara la Comunidad. Los compatriotas observan perplejos, e incluso a veces con cierta lástima, como si los valencianos no pudieran romper ese círculo vicioso.
Durante años, los habitantes de la región soportaron bromas interminables y comentarios sarcásticos de otras autonomías donde, dicho sea de paso, la corrupción también estaba a la orden del día. Pero fue Valencia la que se convirtió en el símbolo de este fenómeno, como si aquí hubiera alcanzado su punto máximo. Mientras en otras regiones los escándalos se ocultaban o se minimizaban, aquí se convertían en dominio público y la justicia parecía alimentar el espectáculo.
Un punto de inflexión
Sin embargo, llegó un momento en que los valencianos dijeron “basta”. En la región se produjo un cambio político que permitió, durante un tiempo, poner fin a los grandes casos de corrupción. Durante ocho años no se registraron escándalos de gran calibre relacionados con partidos de izquierdas, e incluso dentro del PSPV, los episodios aislados apenas tuvieron consecuencias graves. Esto demostró que el problema no reside en Valencia en sí, sino en quienes la gobiernan.
Pero todo cambió con la llegada del nuevo gobierno. El segundo paquete de reformas conocido como «Simplifica» por parte de la Generalitat Valenciana volvió a abrir la puerta a viejas prácticas. Las autoridades relajaron las normativas, lo que trajo de vuelta esquemas que benefician a promotores y empresas vinculadas a antiguas redes de corrupción. Millones de euros vuelven a perderse en contratos sospechosos y los ciudadanos sienten que han vuelto a ser engañados.
Caras nuevas, viejas prácticas
La aparición en la escena política de figuras como Pérez Llorca solo aumenta la preocupación. A diferencia de su predecesor, Carlos Mazón, Llorca se muestra más serio e inteligente, sabe hablar valenciano y busca proyectarse como un auténtico estadista. Sin embargo, tras esa fachada respetable se esconden los mismos métodos de siempre: favoritismo, incompetencia, falta de experiencia real y el deseo de complacer a los suyos.
La nueva composición del gobierno no es mejor que las anteriores. Es un grupo de personas que no creen ni respetan las instituciones. Para muchos valencianos, esto ha supuesto un verdadero golpe a su orgullo. Hasta hace poco, se sentían orgullosos de haber roto ese círculo vicioso, pero ahora se ven otra vez obligados a justificar las acciones de sus líderes.
Orgullo y desilusión
Millones de habitantes de la región ya no quieren ser objeto de burlas. Para ellos, no solo es importante dejar atrás la vergüenza pública, sino también recuperar el sentido de dignidad que tanto tiempo les costó reconstruir. Incluso quienes no apoyaban al anterior gobierno de izquierda reconocieron que la situación había mejorado. Pero ahora todo parece volver al punto de partida.
Los valencianos están cansados de que su región se asocie con la corrupción y la incompetencia. Quieren cambios reales, quieren sentir orgullo de su tierra y no temer decir de dónde son. Pero para lograrlo se necesitan acciones concretas, no más promesas ni reformas que solo empeoran la situación.
La última oportunidad
El año 2026 podría ser decisivo para las fuerzas progresistas en la región. Si no logran establecer las bases para un cambio verdadero, Valencia corre el riesgo de perder definitivamente la confianza de sus ciudadanos. Ya no hay tiempo para excusas: ha llegado el momento de actuar. De lo contrario, la región volverá a ser epicentro de escándalos y los valencianos, protagonistas eternos de los chistes.












