
Un conflicto prolongado: cómo empezó la guerra por el silencio
En Las Palmas de Gran Canaria, las disputas entre los vecinos y el ayuntamiento no cesan desde hace veinte años. El motivo son las celebraciones anuales del carnaval, que para unos se han convertido en símbolo de alegría y para otros — en fuente de constante incomodidad. Desde el primer hasta el último día del carnaval, la ciudad se sumerge en una atmósfera de conciertos interminables y fiestas multitudinarias que se prolongan casi un mes. En 2026, las festividades comenzarán el 23 de enero y terminarán solo el 1 de marzo. Durante este periodo, los residentes de los barrios próximos al puerto se ven obligados a convivir con música a alto volumen y eventos nocturnos que alteran su descanso.
En 2015, tras largas negociaciones, las partes alcanzaron un acuerdo: los conciertos solo se permitirían dos días, después de las galas principales, y el nivel de ruido no debía superar los 60 decibelios. A cambio, el ayuntamiento se comprometió a compensar los gastos de limpieza y reparaciones, así como a insonorizar las viviendas donde residían niños y personas mayores. Sin embargo, unos años después, el acuerdo fue incumplido y el conflicto resurgió con más fuerza.
Decisiones judiciales y nuevas reclamaciones
En 2023, la situación se agravó: las autoridades municipales organizaron varios conciertos sin consensuar las fechas con los vecinos. Uno de ellos, celebrado el 25 de febrero, dio pie a una nueva queja. Los residentes exigieron la cancelación del evento, ya que no coincidía con los días pactados en el acuerdo. A pesar de las protestas, el concierto se llevó a cabo y los ciudadanos descontentos volvieron a acudir a los tribunales. En 2024, la tensión solo aumentó: el nivel de ruido durante las fiestas superó los límites permitidos, y un grupo de 13 personas reclamó al ayuntamiento una indemnización de 600.000 euros por los daños causados.
En la primavera de 2025, el Tribunal Supremo de Canarias dio la razón a los vecinos, señalando que celebrar conciertos hasta las tres de la madrugada no permite descansar adecuadamente. Este fallo animó a los activistas a presentar nuevas demandas: en julio interpusieron otra queja, solicitando la suspensión temporal de los conciertos mientras durara el proceso judicial. Sin embargo, en septiembre el juzgado de primera instancia falló a favor de los organizadores del carnaval, rechazando las peticiones y obligando a los demandantes a pagar las costas del juicio. El juez destacó que prohibir la celebración supondría un perjuicio considerable para la sociedad.
Perspectivas: ¿qué les espera a los vecinos y a las autoridades municipales?
Tras el fracaso en los tribunales, los vecinos decidieron apelar la sentencia, mientras que el ayuntamiento, por su parte, exigió desestimar su anterior demanda de indemnización. Durante este periodo, la administración municipal vivió cambios en su equipo: una de las principales protagonistas del conflicto presentó su dimisión, lo que añadió más incertidumbre al futuro del caso. Ahora, ambas partes esperan el veredicto definitivo, que determinará si los residentes podrán confiar en la tranquilidad en adelante, o si, por el contrario, las noches de carnaval volverán a estar marcadas por la música alta y celebraciones multitudinarias.
Mientras el compromiso sigue siendo inalcanzable y las disputas legales se prolongan, Las Palmas se prepara para una nueva temporada festiva. El dilema entre mantener las tradiciones y el derecho al descanso continúa sin resolverse, y el desenlace de esta historia podría sentar precedente para otras ciudades de España.












