
En uno de los rincones más verdes del norte de España, donde el tiempo transcurre al ritmo del pausado murmullo del río Pas, emerge de las profundidades un manantial que los antiguos conquistadores consideraban un don divino. Sus cálidas aguas ricas en minerales conservan hasta hoy su pureza original y poder curativo. Alrededor de este prodigio natural ha crecido el complejo Gran Hotel Balneario de Puente Viesgo, un auténtico refugio para el cuerpo y el alma donde las tradiciones ancestrales se fusionan con la comodidad moderna en perfecta armonía.
La propia localidad de Puente Viesgo, situada en el valle de Toranzo a tan solo 28 kilómetros de Santander, debe su existencia precisamente a este manantial en la margen derecha del río. Las primeras referencias a los baños termales datan del siglo XVIII: en 1766 se construyó aquí una modesta instalación para tratamientos de agua. Esta sencilla pero visionaria edificación fue el punto de partida de un gran proyecto, que en 1843 se consolidó como un auténtico complejo termal. Desde entonces, la fama de estas aguas, reconocidas oficialmente como de utilidad pública en 1869, ha consolidado a Puente Viesgo como uno de los principales centros balnearios del país.
Tras vivir una época dorada que atrajo a aristócratas y destacados personajes de la alta sociedad, el complejo fue perdiendo esplendor con el paso del tiempo. Una nueva etapa comenzó en 1991, cuando el empresario cántabro Manuel Pérez Mazo emprendió una extensa rehabilitación que marcó el renacimiento del lugar. Con la apertura de un hotel moderno de cuatro estrellas, el histórico balneario recuperó su antiguo esplendor y se consolidó como un referente en el mapa del turismo de bienestar. Actualmente, su familia continúa la labor, preservando cuidadosamente el legado de este enclave donde historia y bienestar se encuentran en plena armonía.
El agua en Puente Viesgo es de tipo hipotermaal, saliendo a una temperatura de 33,8 ºC. Posee una mineralización media, predominando los cloruros y el sodio. Los especialistas afirman que este tipo de aguas beneficia al sistema cardiovascular y respiratorio, además de ser útiles para tratar enfermedades reumatológicas y efectos del estrés.
El principal atractivo del complejo es el “Templo del Agua”: un recorrido termal de dos horas que incluye piscinas de activación, jacuzzis interiores y exteriores, cascadas, ríos a contracorriente, camas de agua y varias saunas. Para quienes buscan la máxima privacidad, se creó la “Gruta Cántabra”. Inspirado en las pinturas rupestres del monte Castillo, este circuito exclusivo para adultos dura 50 minutos. Otra joya es la piscina de flotación, donde el cuerpo alcanza un estado de ingravidez total, ofreciendo una sensación de ligereza única.
El hotel en sí consta de dos edificios conectados por un pasaje subterráneo. Como complemento gastronómico, el restaurante “El Jardín” ofrece una fusión de la cocina cántabra con tendencias culinarias contemporáneas. Los huéspedes pueden elegir entre un menú diario especial o un menú degustación con platos como arroz con bogavante y mariscos, merluza al horno con vieiras o terrina de cordero. Para quienes buscan un enfoque integral, existen programas de uno a seis días orientados a la relajación, la recuperación, la belleza o la lucha contra el agotamiento.












