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Cómo la bondad cambia la vida y por qué no debe confundirse con complacer a los demás

¿Eres amable o simplemente complaciente? Una psicóloga analiza la sutil diferencia y sus consecuencias

A menudo intentamos ser buenos con los demás. Pero, ¿dónde está esa importante frontera? A veces, nuestras mejores intenciones pueden perjudicarnos. Descubre cómo encontrar el equilibrio interior adecuado.

Una sonrisa a un desconocido, ceder el asiento en el transporte público o prestar atención sincera a quien lo necesita. Los gestos cotidianos de humanidad pueden parecer insignificantes, pero tienen un poder enorme. No solo pueden mejorar el día de quien los recibe, sino también enriquecer la vida de quien los realiza. La ciencia y la psicología han demostrado desde hace tiempo que estos gestos no son simples rituales sociales. Generan una cadena de emociones positivas, fortalecen los lazos entre las personas y ayudan a crear una sociedad más segura y humana.

Practicar la bondad no solo suaviza las dificultades en la comunicación diaria. Nos recuerda que todos formamos parte de algo más grande, de una red común donde los actos y estados de ánimo de cada uno influyen en los demás. Tomar conciencia de ello puede transformar muchas cosas.

Fuente de fuerza interior

La verdadera benevolencia no nace de las reglas de etiqueta, sino del interior. Sus raíces están en nuestros valores, en la profunda convicción de que tratar bien a los demás es correcto y natural. Como explican los especialistas españoles en salud mental, se trata de una expresión de amor hacia los demás y del reconocimiento del valor de las relaciones humanas. Ser amable significa cuidar de nuestro propio equilibrio emocional.

Según ellos, la bondad es consecuencia de una determinada forma de pensar, una manera de percibir el mundo. Solo puede ser verdaderamente bondadosa aquella persona que piensa bien de los demás, mantiene una actitud positiva y optimista. Estas cualidades actúan como una especie de escudo para la psique. Permiten vivir con muchas menos explosiones emocionales y experiencias desagradables, conservar la calma y adaptarse más fácilmente a los giros inesperados del destino. Como resultado, las relaciones personales y laborales de estas personas son mucho más armoniosas y satisfactorias.

Este efecto no se limita al mundo interior de la persona, sino que también se extiende hacia afuera. Todos somos, en cierta medida, espejos. Al mostrar bondad hacia alguien, literalmente podemos salvarle el día. Una sonrisa, un sincero «gracias por tu ayuda, que tengas un buen día», ofrecerse a llevar una bolsa pesada, una mirada directa a los ojos: todo esto puede tener un gran significado para quien lo recibe. Sentir que se te valora es quizás el regalo más valioso, y se puede ofrecer a través de un simple gesto de cortesía humana.

La trampa de la complacencia

Sin embargo, es importante no confundir la genuina bondad con la complacencia. Desde fuera, estos comportamientos pueden parecer similares, pero su motivación interna es completamente diferente. El deseo de agradar, a diferencia de la bondad, está dictado por factores externos. En su raíz está el miedo: el miedo a no encajar en el grupo, a ser rechazado, a no gustar. A menudo accedemos a hacer lo que no queremos o respondemos de una manera que no pensamos realmente, solo para obtener aprobación o evitar una valoración negativa.

La diferencia es especialmente evidente en el nivel de confianza en uno mismo. Una persona bondadosa no busca la confirmación de su valía a través de los demás, es tranquila y autosuficiente. Es cortés contigo y lo será igual con el siguiente interlocutor. En cambio, una persona inclinada a complacer siempre está en tensión. Observa atentamente tu reacción y se frustra si no ve el entusiasmo esperado. Su autoestima depende directamente de la respuesta emocional de los demás. Busca aprobación y evita los conflictos, anteponiendo las necesidades ajenas a las propias. Una persona bondadosa no actúa así: define sus propios límites y prioridades.

Los intentos constantes de complacer a todos inevitablemente conducen a la ansiedad, la decepción y la sensación de ser utilizado. Cuando notas este comportamiento en ti mismo, es fundamental preguntarte si no estás traicionando tus propios principios o perdiendo tu identidad en ese afán. Como señalan los psicólogos, no hay nada malo en querer alegrar a los demás haciendo lo que les gusta. El problema es que resulta muy difícil mantener el equilibrio sin perderte a ti mismo por el camino.

Este equilibrio es muy frágil. Mostrar interés por otra persona y procurar que se sienta cómoda es una cualidad valiosa que aporta satisfacción a ambas partes. Sin embargo, como la autoestima de muchos de nosotros no es estable, fácilmente podemos caer en la sensación de obligación de cumplir con las expectativas ajenas. A su vez, quienes nos rodean pueden empezar a exigir más si no perciben límites claros.

Cómo desarrollar la bondad consciente: pasos prácticos

La buena noticia es que la bondad se puede y se debe cultivar como cualquier otra habilidad. No siempre es fácil, pero sí posible. El primer paso es responder con honestidad: ¿eres bondadoso o complaciente? El segundo, dejar atrás la inseguridad y las experiencias negativas del pasado. A menudo, viejas heridas, miedos y fracasos nos obligan a vivir protegiéndonos constantemente. Sospechamos de los actos amables hacia nosotros y, como resultado, nos negamos a ser buenos porque no creemos en la bondad de los demás.

Para iniciar el camino hacia la bondad consciente, se pueden emplear varias técnicas sencillas. Por ejemplo, comenzar autoanalizándose: observe la expresión de su rostro, su mirada y sus gestos a lo largo del día. Luego, intente introducir pequeños pero significativos cambios. Propóngase, al salir de casa, mirar a los ojos y sonreír a seis personas con las que interactúe. En el entorno familiar o con la pareja, puede preguntarse: «¿Qué puedo hacer para que se sientan un poco mejor?». El simple hecho de formular esta pregunta ya orienta el pensamiento en la dirección correcta.

Preste atención a su manera de hablar. Use palabras como «por favor» y «gracias», no se apresure y agradezca los cumplidos sin quitarles importancia con frases como «no es nada, no vale la pena». Saber aceptar la bondad y el afecto de los demás es una parte fundamental de la verdadera amabilidad. Aprenda a escuchar, no solo a oír. Al menos una vez al día, muéstrese realmente interesado por la vida, el estado o la situación de otra persona. Y, finalmente, libérese del hábito de juzgar. Puede comenzar un cuaderno y anotar cada vez que se descubra criticando a alguien. Esto le ayudará a tomar conciencia de la frecuencia con la que lo hacemos de forma automática y a deshacerse poco a poco de ese hábito, recordando que nunca conocemos toda la historia y los motivos de otra persona.

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