
Un vaso de agua en la mesa del comedor es un detalle habitual que, sin embargo, genera un sinfín de discusiones. Unos lo consideran un aliado indispensable para la digestión, mientras que otros lo ven como un elemento perjudicial que puede alterar los delicados procesos del estómago e incluso contribuir al aumento de peso. Ha llegado el momento de separar los hechos de los mitos y analizar qué papel desempeña realmente el agua durante las comidas, basándonos en la opinión de una dietista profesional.
El agua no es solo un líquido para calmar la sed, sino un participante activo en todo el ciclo digestivo. Su función comienza con el primer bocado de comida: humedece el bolo alimenticio, facilitando la masticación y la deglución. Al llegar al estómago, ayuda a disolver los nutrientes, preparándolos para su posterior paso al intestino delgado, donde se produce la absorción principal. Además, interviene en reacciones químicas que permiten al organismo asimilar vitaminas y minerales, y mantiene el nivel adecuado de humedad en la mucosa del tracto digestivo, asegurando un tránsito cómodo y fluido de los alimentos.
¿Existe una cantidad ideal de agua para una comida? No hay una norma estricta. Las necesidades varían según cada persona y dependen de muchos factores: desde el tamaño de la porción y la composición de los platos hasta el clima y el nivel de actividad física. Como referencia general, se puede considerar uno o dos vasos. Esta cantidad suele ser suficiente para favorecer la digestión sin provocar una sensación excesiva de llenura. El principal consejo es escuchar a tu propio cuerpo. Bebe cuando sientas sed y no te obligues a consumir grandes cantidades de líquido si te resulta incómodo.
Uno de los mitos más arraigados dice que el agua bebida durante las comidas diluye el jugo gástrico, debilitándolo e interfiriendo con la digestión. Esta creencia no tiene base científica. Nuestro estómago es un sistema inteligente que regula la producción de ácido según la cantidad y el tipo de alimento ingerido. El organismo ajusta automáticamente la concentración de enzimas digestivas para que el proceso sea eficiente, tanto si acompañas la comida con agua como si no. El líquido no debilita la digestión, más bien ayuda a la trituración mecánica de los alimentos.
Otro mito frecuente está relacionado con la temperatura de la bebida. Se cree que el agua fría puede “sorprender” al estómago y ralentizar la digestión. En realidad, el organismo ajusta rápidamente la temperatura de cualquier contenido a la del cuerpo. Por eso, aunque el agua muy fría puede causar una sensación subjetiva de incomodidad en la garganta o el esófago, no afecta en absoluto al proceso digestivo. Las personas con mayor sensibilidad gástrica pueden experimentar molestias, pero se trata más bien de una reacción individual y no de una regla general.
Quizás la creencia más perjudicial es la idea de que beber agua durante las comidas contribuye al aumento de peso. Esto es completamente falso. El agua no contiene calorías, por lo que no puede provocar un incremento de la masa grasa, sin importar la hora en que se consuma. Es más, puede ser una aliada en el control del peso. Un vaso de agua proporciona sensación de saciedad, lo que ayuda a comer menos y evitar los excesos. La sensación temporal de hinchazón que puede producirse al beber mucho y rápidamente no tiene nada que ver con el aumento de peso.
¿Entonces, cuándo es mejor beber: antes, durante o después de la comida? Los especialistas coinciden en que no existen reglas estrictas. Cualquiera de estas opciones es válida. Lo más importante es mantener el equilibrio hídrico durante todo el día, en lugar de esperar a tener una sed intensa, que ya indica deshidratación. Algunas personas prefieren tomar un vaso de agua antes de comer para moderar el apetito, otras durante la comida para facilitar el proceso, y algunas después. Elija la opción que le resulte más cómoda.
Hay algo indiscutible: el agua es la mejor elección de bebida para acompañar las comidas. A diferencia de los refrescos azucarados, los zumos envasados o incluso los naturales, el agua sacia la sed sin añadir calorías vacías ni azúcares a la dieta. Incluso las infusiones de hierbas, que parecen una alternativa inocua, si se consumen regularmente con las comidas pueden dificultar la absorción de algunos micronutrientes, como el hierro. Por eso, el agua pura siempre debe ser la prioridad.
Nuestro cuerpo nos avisa tanto cuando le falta líquido como cuando hay un exceso. Las señales claras de deshidratación son la sed, la sequedad en la boca e incluso la dificultad para tragar. Por otro lado, si se ha bebido demasiado, puede sentirse pesadez, hinchazón abdominal o incluso experimentar reflujo. La clave es encontrar el equilibrio, hidratando el organismo sin sobrecargar el estómago.












