
Muchos creen que, para quienes han superado la barrera de los sesenta años, la máxima actividad física posible es un tranquilo paseo por el parque. Sin duda, es un hábito saludable, pero a menudo insuficiente. ¿Y si existieran métodos avalados por las principales investigaciones mundiales que proponen un enfoque mucho más integral para la salud en la madurez, manteniendo no solo la movilidad, sino también la lucidez mental y la armonía interior?
Se trata de disciplinas tradicionales orientales como el taichi o el aikido. Su filosofía se basa en la fluidez, la conciencia plena y un profundo respeto por las capacidades del propio cuerpo. A diferencia de correr o incluso de caminar intensamente —actividades que con el tiempo pueden desgastar las articulaciones—, estas prácticas ofrecen un entrenamiento completo. Fortalecen la musculatura, perfeccionan el equilibrio y la coordinación, estimulan la concentración y todo ello sin el menor riesgo para el sistema musculoesquelético. Pero su valor no solo es físico. Trabajan la respiración, el estado interior y el equilibrio emocional.
Probablemente, una de las ventajas más importantes es la prevención de caídas. Las estadísticas son claras: una de cada tres personas mayores de 65 años sufre al menos una caída al año, y en el caso de quienes superan los 80 años, esta cifra alcanza el 50%. Las caídas no son solo moretones, representan una amenaza seria para la independencia e incluso la vida. Aquí es donde las artes marciales suaves demuestran su eficacia excepcional. El tai chi, por ejemplo, es reconocido como uno de los mejores ejercicios para mejorar la estabilidad y la capacidad de reaccionar rápidamente ante una pérdida de equilibrio. A su vez, los movimientos fluidos del aikido entrenan al cuerpo para agruparse correctamente y amortiguar el impacto de una caída, lo que añade una capa extra de protección.
Por supuesto, es fundamental empezar con prudencia. La primera regla es encontrar un entorno seguro: clases especialmente adaptadas para personas mayores, bajo la supervisión de un instructor experimentado. Es muy importante avanzar de forma gradual, aumentando poco a poco la duración y dificultad de las sesiones, permitiendo que el cuerpo se adapte. Sin embargo, no hay que olvidar el trabajo de fuerza. Las principales organizaciones mundiales de salud aconsejan complementar estas prácticas con al menos dos entrenamientos de fuerza semanales, enfocados en los grupos musculares principales. Un enfoque integral que combine ejercicios aeróbicos, entrenamiento de fuerza y trabajo de equilibrio es clave para proteger las articulaciones, prevenir la pérdida de masa muscular relacionada con la edad y mantener la autonomía en la vida diaria.
Es hora de dejar atrás la visión anticuada de los «ejercicios para personas mayores» como algo primitivo y poco efectivo. La ciencia actual demuestra que este enfoque puede ser más perjudicial que beneficioso. Los programas de actividad física deben ser multicomponentes, progresivos y funcionales. Además del tai chi y el aikido, el qigong, el yoga, el pilates o la acuagimnasia pueden ser excelentes opciones complementarias. Adaptar el entrenamiento a los cambios propios de la edad no solo minimiza los riesgos, sino que maximiza los beneficios, permitiendo mantener la independencia y una alta calidad de vida durante muchos años. El movimiento, después de todo, es la mejor medicina preventiva.












