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En el corazón de España se oculta un desierto marciano: un lugar único para viajar

Paisajes del Lejano Oeste en Aragón: descubre una increíble joya de Teruel

La provincia de Teruel guarda un asombroso secreto. Aquí se encuentra un paisaje de otro mundo, que recuerda al planeta rojo. Un lugar ideal para fotógrafos y turistas.

Quien se adentra en la región donde se encuentra la ciudad de los enamorados descubre que su geografía está llena de sorpresas. Entre campos, sierras y valles surge un paisaje que rompe con todas las expectativas habituales sobre la geografía de la península ibérica. Suelos áridos, tonos rojizos y formaciones caprichosas configuran un escenario que recuerda a los westerns americanos. Esta zona, que abarca unas 65 hectáreas, se ha modelado durante siglos por la erosión, dando lugar a un entorno tan duro como fascinante. Se trata del lecho seco de Barrachina, un enclave en el interior del reino de Aragón que, pese a su cercanía a la ciudad homónima, sorprende por lo alejado que está de la imagen habitual de esta parte del país.

Lo que hace especial a esta zona es la combinación de sus colores y relieves. Tonos amarillos, naranjas y ocres tiñen la superficie, que va cambiando de matiz a lo largo del día según avanza el sol. En primavera, a pesar de la sequía, brotan flores que demuestran que la vida siempre encuentra camino incluso en las condiciones más adversas. Sin embargo, en invierno, una corriente de aire frío puede convertir la visita en un verdadero desafío. Las formas del terreno añaden otro atractivo: elevaciones que parecen dientes gigantes, desfiladeros estrechos y laderas suaves componen un paisaje donde cada paso ofrece una perspectiva diferente. El punto más alto se alcanza en la llamada Muela, una meseta que actúa como mirador natural y desde la que se puede contemplar la ciudad, el río Guadalaviar, la sierra de Albarracín e incluso el pico de Javalambre en los días despejados.

Visitar Barracina es más sencillo de lo que parece. El punto de partida más habitual es una localidad conocida por su arquitectura mudéjar. Desde allí, basta con tomar la carretera nacional N-330 en dirección a Cuenca. Tras recorrer unos 3,5 kilómetros y cruzar el puente sobre el barranco, verá la salida hacia Villaespesa. Justo al lado hay un amplio espacio donde se puede aparcar sin dificultad. Desde ese momento comienza la parte a pie de la excursión. El recorrido más popular sigue el cauce del río corriente arriba. Es un camino ancho pero arenoso y pedregoso, por lo que se recomienda llevar buen calzado. Durante los seis kilómetros hasta Muela la caminata transcurre sin grandes dificultades, aunque los últimos metros requieren abandonar el sendero principal y avanzar campo a través para alcanzar la cima.

El entorno durante el trayecto es tan impresionante como inesperado. La vegetación es escasa y baja, lo que acentúa la sensación de aislamiento. No es raro ver cómo el viento arrastra ramas secas por el suelo, como en las películas del oeste. Esta atmósfera, unida al silencio que impera en la zona, convierte a Barracina en un lugar ideal para desconectarse del bullicio y sentirse una pequeña parte frente a la fuerza de la naturaleza.

La recompensa por el esfuerzo realizado durante la subida llega con las vistas que se abren desde la meseta. Allí se encuentra un señal geodésico, un punto utilizado para la elaboración de mapas y que recuerda la importancia de estos lugares en la cartografía española. Aunque pueda parecer un monumento extraño, no es un elemento decorativo, por lo que se recomienda mostrarle respeto y no tocarlo.

Quienes decidan descubrir este tesoro natural deben tener en cuenta varios detalles. Ante todo, es fundamental protegerse del sol, especialmente en verano, cuando las temperaturas pueden subir bruscamente y casi no hay sombra. Es absolutamente necesario llevar sombrero, protector solar y beber abundante agua. En invierno, las masas de aire soplan con fuerza y pueden dificultar la ruta, así que conviene llevar ropa adecuada.

También es importante extremar la precaución en las zonas cercanas a los acantilados y no permitir que los niños se acerquen demasiado al borde, ya que las ráfagas de viento pueden ser muy intensas. Al tratarse de un entorno natural casi sin señalización, cada visitante debe trazar su propio camino, cuidando siempre de no dañar el medio ambiente.

El cauce seco de Barrachina es, sin duda, uno de esos lugares que asombran por su contraste con la imagen habitual de los paisajes del país. Su semejanza con escenarios de otros continentes lo convierte en una excelente opción para senderistas, aficionados a la fotografía o simplemente para curiosos que buscan rincones singulares dentro del Estado.

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