
En el corazón de España hay regiones que parecen hechas para que el tiempo se detenga, para respirar hondo y recordar que la vida puede transcurrir sin prisas. La Rioja guarda rincones así, y uno de ellos es Briñas. Este pequeño municipio, extendido a orillas del río Ebro, resplandece en todo su esplendor durante el otoño, cuando sus viñedos se tiñen de tonos rojizos y ocres. Sus calles empedradas y una atmósfera de absoluta tranquilidad cautivan a todo aquel que pisa sus antiguas piedras.
Ambiente de antaño
Briñas parece el escenario perfecto —aunque absolutamente real— de una película histórica. Las casas de arenisca, los escudos familiares en las fachadas y los detalles arquitectónicos de los siglos XVII y XVIII conviven con el ritmo pausado de la vida local. Paseando por el pueblo, es fácil encontrarse con vecinos charlando junto a una puerta antigua, o perros que toman el sol perezosamente. Si tienes suerte, incluso podrás ver una bolsa de pan recién horneado colgada del llamador de alguna puerta. Todo ocurre sin prisas, sin ruido, con ese encanto genuino tan difícil de hallar en otros destinos turísticos.
La ubicación de Briñas ya justifica el viaje. El río Ebro rodea el pueblo, creando una curva perfecta que se puede admirar desde cualquier mirador improvisado. A ambos lados se extiende una alfombra de viñedos que varía de color cada día de otoño, formando uno de los paisajes más fotogénicos de la subregión Rioja Alta. No muy lejos del centro se encuentra un lugar emblemático: el Puente Milenario, que, a pesar de su nombre, pertenece administrativamente a la vecina localidad de Haro. Sin embargo, forma parte inseparable de la memoria colectiva de todos los que visitan la zona, especialmente al atardecer, cuando el sol tiñe el Ebro de tonos dorados. También merece la pena visitar la iglesia de la Asunción, que se alza sobre el pueblo, y el conmovedor Humilladero, una pequeña joya arquitectónica que conserva el espíritu de esta tierra.
Gastronomía y vino
Para quienes buscan una escapada romántica, gastronómica o simplemente de tranquilidad, Briñas es la mejor elección. Aquí se encuentra el Palacio Tondón, un hotel singular donde se funden elementos arquitectónicos de los siglos XVI, XVII y XXI. El alojamiento parece hecho a medida para el viajero que sueña con abrir la ventana y escuchar el susurro del río Ebro. En su interior, entre muros de piedra, madera y una iluminación tenue, se descubre una sorpresa especial: una bodega subterránea llamada “calado”. En estas cuevas tradicionales el vino se conservaba siempre a la misma temperatura. Hoy, el espacio acoge catas y pequeños eventos donde una copa de vino es siempre el mejor acompañante para la conversación.
El desayuno en el hotel también tiene su propio encanto: productos artesanales, mermeladas caseras, trucha ahumada y un horario flexible que permite olvidarse del reloj. Es toda una oda a la tranquilidad. Pero Briones no es solo tierra de vino, sino también de alta gastronomía. El restaurante Gran Reserva, bajo la dirección del chef Jesús Terradillos, se ha convertido en uno de los principales referentes gastronómicos de la región. Su menú de otoño-invierno combina tradición y creatividad: aquí se pueden degustar alubias ‘caparrones’ cocinadas a baja temperatura, croquetas de costilla adobada o alcachofas con langostino, un plato que muchos consideran imprescindible. La experiencia se completa con una carta de más de 150 referencias de vinos de Rioja, que los profesionales explican con detalle, compartiendo historias sobre viñas centenarias y diferencias en los métodos de elaboración.
Qué hacer en los alrededores
El otoño en Briones invita a pasear sin prisas, pero también ofrece la oportunidad de descubrir la región de una manera diferente. Las rutas en bicicleta eléctrica permiten explorar sin esfuerzo los senderos que serpentean entre los viñedos. Para los amantes del enoturismo, es casi imprescindible una visita al Barrio de la Estación en Haro, donde se concentra el mayor número de bodegas centenarias del mundo. Es una oportunidad única para sumergirse en la historia de la elaboración del vino.
Otra opción es pasear junto al río, observando cómo la niebla desciende sobre el agua, o, en la temporada adecuada, planear una ruta en kayak. Cada una de estas actividades ofrece esa sensación de desconexión de la rutina diaria que parece posible solo en pequeñas ciudades como esta, capaces de preservar su identidad original.
Por cierto, La Rioja es una de las regiones vinícolas más conocidas y prestigiosas, no solo de España, sino de todo el mundo. Fue la primera zona española en obtener el estatus de calidad más alto, Denominación de Origen Calificada (DOCa), en 1991. La región es famosa por sus vinos tintos, elaborados principalmente con la variedad de uva Tempranillo. La viticultura aquí no es solo una industria, sino parte de la cultura y la historia, atrayendo cada año a miles de turistas que visitan bodegas, participan en catas y disfrutan de paisajes únicos.











