
En la quietud de una penumbra casi total, entre las paredes estériles del laboratorio de la NASA, un grupo de ingenieros y científicos se ha reunido para una de las etapas más delicadas. Su misión: inspeccionar minuciosamente el espejo principal del telescopio espacial Nancy Grace Roman, que será lanzado al espacio en los próximos años. Los especialistas portan potentes linternas y lámparas ultravioleta, mientras el ambiente está marcado por la máxima concentración. Cualquier rayo de luz que recorra la superficie del espejo puede revelar partículas de polvo invisibles al ojo humano o rastros de contaminación que podrían afectar la calidad de los futuros datos científicos.
En ese instante, el laboratorio se asemeja más a una escena de ciencia ficción que a una jornada ordinaria de trabajo. El resplandor verdoso que aparece en las imágenes no es una decoración festiva, sino el resultado de la larga exposición de la cámara y la acción de una lámpara indicadora que señala la correcta circulación del aire. En estas condiciones, hasta el más mínimo error puede resultar costoso: una vez en órbita, ninguna reparación será posible.
Tecnología y pureza
El telescopio Roman es uno de los proyectos más ambiciosos de la NASA en los últimos años. Su misión es desvelar los secretos de la energía oscura, descubrir miles de nuevos exoplanetas y realizar extensos estudios del Universo. Para lograrlo, se requieren sistemas ópticos de máxima sensibilidad, donde una mota microscópica de polvo puede distorsionar los resultados de las observaciones.
Por eso, las inspecciones se realizan en salas cuya limpieza supera incluso la de los quirófanos de las mejores clínicas. La iluminación se ajusta para detectar hasta los defectos más mínimos, y la luz ultravioleta ayuda a encontrar aquellas impurezas imperceptibles a simple vista. El trabajo avanza de forma lenta y meticulosa: cada centímetro de la superficie se revisa manualmente para asegurar que el espejo esté completamente listo para el lanzamiento.
Última oportunidad
Toda esta preparación minuciosa no es casualidad. Una vez que el telescopio esté en órbita, no habrá opción de repararlo ni volver a limpiarlo. Por eso, cada inspección en la Tierra es una garantía de que años de investigación científica no se verán amenazados por un error o descuido accidental.
Una fotografía tomada en el Centro de Vuelos Espaciales Goddard (Goddard Space Flight Center) en Greenbelt, Maryland, documentó esta importante fase de la preparación. En la imagen aparece el equipo de especialistas trabajando casi a oscuras para no pasar por alto ningún detalle. Su esfuerzo es la clave para que el nuevo telescopio pueda revelar horizontes nunca antes vistos por la humanidad.
El futuro de la misión
El lanzamiento del Nancy Grace Roman Space Telescope está previsto para finales de 2026 o principios de 2027. Hasta entonces, los ingenieros deberán llevar a cabo numerosas pruebas e inspecciones para asegurarse de que todos los sistemas funcionen a la perfección. Cada fase del proceso es registrada y analizada, ya que está en juego el éxito de una de las misiones espaciales más esperadas de la década.
Al telescopio le esperan años de trabajo en órbita, miles de imágenes y, posiblemente, descubrimientos capaces de cambiar nuestra visión del Universo. Pero todo comienza aquí, en un laboratorio estéril, donde la luz de linternas y la radiación ultravioleta ayudan a ver lo que normalmente permanece oculto a simple vista.
Si no lo sabías, el Nancy Grace Roman Space Telescope es el nuevo telescopio espacial de la NASA, nombrado en honor a la primera mujer que dirigió los programas astronómicos de la agencia. Este instrumento será el sucesor del famoso telescopio Hubble y estará equipado con una cámara de gran angular capaz de capturar extensas áreas del cielo. El proyecto se desarrolla en el Centro de Vuelos Espaciales Goddard, y el lanzamiento está previsto mediante un cohete Falcon Heavy. La misión tendrá una duración inicial de seis años, aunque podría extenderse si todo funciona correctamente.











