
En el norte de España existen rincones que parecen detenidos en el tiempo. Espinaredo, o como también se le conoce, Espinareu, es uno de ellos. Esta aldea, situada en el municipio de Piloña y rodeada de cumbres, hayedos y robledales, mantiene su propio ritmo marcado por el incesante murmullo del agua del río. Cuando el follaje tiñe el valle de dorados y rojizos, la visita se convierte en una experiencia realmente inolvidable, que permite sentir el alma de esta región con tanto carácter propio.
A poco más de cincuenta kilómetros de Oviedo y a media hora de Cangas de Onís, en el corazón de la Sierra Bedular, se encuentra este rincón maravillosamente conservado. Su núcleo central, conocido como La Villa, concentra los rasgos más representativos de la arquitectura tradicional del Principado: casas de piedra con galerías de madera, hórreos y paneras centenarios decorados con tallados de antiguos símbolos. Según los últimos datos de 2025, aquí viven tan solo 261 personas, lo que acentúa aún más la atmósfera de tranquilidad y aislamiento.
El patrimonio etnográfico de esta localidad es realmente excepcional. Los famosos hórreos y paneras —graneros elevados sobre pilares de piedra, diseñados para proteger la cosecha de la humedad y los roedores— son auténticos tesoros de la cultura local. Aquí se conservan decenas de ellos, algunos datados del siglo XVI. En total, en la parroquia hay 20 hórreos y 6 paneras, lo que convierte este conjunto en uno de los más importantes y mejor conservados de todo el Principado.
Pasear por sus callejuelas empedradas es sumergirse en un museo al aire libre. Las formas, materiales y los grabados en madera reflejan el pasado campesino del norte de la península ibérica y su perfecta adaptación a un clima húmedo y fértil. Se dice que en cada esquina aparece un nuevo granero y que cada uno cuenta su propia historia, ya sean símbolos celtas tallados o inscripciones protectoras que evocan antiguas creencias.
El paisaje que rodea Espinaredo parece salido de un cuento. Cumbres envueltas en niebla, el murmullo constante del río y un mosaico de verdes que se intensifican tras las lluvias. Muy cerca se encuentran el área recreativa de La Pesanca y el arboreto de Miyares, que ofrecen rutas sencillas entre castaños, abedules y avellanos. Allí mismo, el río Infierno se abre paso entre rocas cubiertas de musgo. Es un entorno ideal para quienes buscan tranquilidad y desean reencontrarse con la naturaleza más genuina de la costa norte.
Además de su encanto visual, este rincón invita a disfrutar también de la gastronomía local. En algunos establecimientos familiares aún es posible degustar los platos más tradicionales a la sombra de un hórreo centenario, fusionando cultura y cocina en una sola experiencia. Platos típicos de la zona, como la fabada, los cachopos o los quesos artesanales, serán el cierre perfecto para una breve escapada llena de historia, patrimonio y sabor.
Llegar hasta aquí es sencillo. Desde Oviedo, hay que tomar la carretera A-64 hasta Infiesto y luego girar hacia la PI-4, que lleva directamente al destino. Desde el este, la ruta comienza en Arriondas por la N-634 hasta el mismo Infiesto, donde hay que incorporarse a la PI-4. En el último tramo, la carretera se estrecha y serpentea entre laderas boscosas, creando el ambiente perfecto para descubrir uno de los pueblos más auténticos y fotogénicos del oriente del Principado.












