
A tan solo hora y media en coche de la bulliciosa capital catalana, en la provincia de Girona, se esconde un lugar como ningún otro. No es simplemente un parque ni un bosque común. Es todo un universo nacido de la imaginación de una sola persona, que durante cuarenta años construyó su propio mundo con lo que encontraba a su alrededor. Aquí, en el municipio de Argelaguer, uno puede olvidarse de la realidad durante unas horas y sumergirse en un paisaje insólito, donde torres de madera se elevan hacia el cielo y senderos sinuosos conducen a profundidades de cuevas hechas a mano.
La historia de este rincón sorprendente está estrechamente ligada al nombre de Josep Pujula, apodado por los vecinos como el “Tarzán de Argelaguer”. No era arquitecto ni escultor. Un trabajador común, empezó su grandiosa construcción como un pasatiempo, una forma de crear algo único para sí mismo y su familia. A lo largo de cuatro décadas, con perseverancia e increíble ingenio, transformó su parcela del bosque en una obra de arquitectura. Todo servía: ramas, piedras de río, viejas tuberías y otros materiales reciclados. De estos “desechos de construcción” surgieron estructuras caladas de hasta 30 metros de altura, corredores laberínticos, puentes colgantes y cabañas que bien podrían pertenecer a un cuento sobre habitantes del bosque. Era su respuesta a la rutina gris, un himno a la libertad creativa y a la conexión con la naturaleza.
Una visita a este complejo es toda una expedición. El sendero circular, de unos cinco kilómetros de longitud, es sencillo y está bien señalizado, lo que lo hace accesible para visitantes de todas las edades. El desnivel es mínimo, apenas unos 30 metros, por lo que incluso los niños pequeños pueden recorrerlo sin dificultad y disfrutar del paseo. El recorrido dura aproximadamente dos horas, pero es fácil querer quedarse más tiempo para contemplar cada detalle. Entre los lugares más impresionantes destaca la cueva Cova del Tossut, un túnel de quince metros con enigmáticos símbolos tallados en las paredes. Cerca de allí, una fuente murmura entre un complejo sistema de canales y monolitos. El punto culminante de la excentricidad es sin duda el “cementerio 4L”, una instalación creada sobre el chasis de un viejo Renault. Cada estructura aquí respira la historia de su creador, su inagotable energía y su amor por este lugar.
El tiempo es implacable y algunas de las construcciones, con los años, se han deteriorado y derrumbado. Hoy en día, se recomienda a los visitantes admirarlas desde fuera, sin intentar ingresar en las estructuras más frágiles. Sin embargo, incluso en su estado actual, este lugar causa una impresión imborrable. Las torres, galerías y huertos aterrazados que han sobrevivido siguen demostrando la creatividad ilimitada de su autor. En 2014, este complejo único recibió el estatus oficial de Bien de Interés Cultural de ámbito local, lo que le proporciona cierta protección y ayuda a preservar la memoria de la persona que logró transformar un lugar común en su reino personal. Los paneles informativos distribuidos por el área cuentan la historia de este proyecto y de su creador, aportando profundidad y sentido al paseo. El lugar es especialmente hermoso en otoño, cuando el follaje se tiñe de tonos dorados y carmesí, creando una atmósfera mágica.












