
Las autoridades estadounidenses han decidido que cuidar el medio ambiente es un lujo que solo puede permitirse en tiempos prósperos. Ahora los fabricantes de automóviles con motores de gasolina y diésel pueden respirar aliviados: se acabaron los filtros obligatorios, sensores y otros «excesos verdes». A cambio, la promesa de ahorrar en cada vehículo y hacer que los coches sean más accesibles para los ciudadanos comunes. Sin embargo, parece que a nadie le importa el precio de este «regalo» para la ecología y las futuras generaciones.
Mientras Europa introduce nuevas y estrictas restricciones con obstinación, Estados Unidos bajo el mando de Donald Trump avanza deliberadamente en la dirección opuesta. La Agencia de Protección Ambiental (EPA) ha anunciado la mayor desregulación en la historia del país: desde 2012 hasta 2027 se eliminan todas las normas sobre emisiones de gases de efecto invernadero para automóviles. Ahora, incluso los motores más «sucios» ya no se consideran peligrosos, simplemente porque así lo decidieron las autoridades.
En lugar de combatir las emisiones, luchan contra los costes. Los funcionarios estadounidenses aseguran que las reglas anteriores solo encarecían los autos y reducían la variedad para los consumidores. Ahora, según sus cálculos, cada coche nuevo será al menos 2.400 dólares más barato y el ahorro total para el país superará los 1,3 billones. Sin embargo, incluso los propios expertos ponen en duda estas cifras: los cálculos incluyen no solo los gastos directos, sino también los costes «evitados» de los vehículos eléctricos y su infraestructura, que ahora pueden simplemente eliminarse del presupuesto.
Política sin filtros
La decisión de la EPA no es solo una medida económica, sino un gesto abiertamente político. Donald Trump expone sin reparos su desprecio por la agenda ecológica de sus predecesores. A su juicio, todas estas normas fueron impuestas por los demócratas para complicar la vida a fabricantes y conductores. Ahora, con el fin de las restricciones, la industria automotriz estadounidense puede volver a sus raíces: motores potentes, mínima electrónica y sin preocuparse por las emisiones.
Resulta especialmente significativo que, junto a los estándares ambientales, también se elimine la función obligatoria de start/stop, considerada por muchos conductores como inútil e irritante. Ya nadie obligará al motor a detenerse en cada semáforo en aras de un supuesto ahorro de combustible. Los fabricantes celebran: menos gastos en desarrollo y certificación, mayor libertad para ingenieros y responsables de marketing.
Sin embargo, tras la fachada del ahorro se esconde una amenaza evidente: aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero, deterioro de la calidad del aire y, en consecuencia, nuevos problemas para la salud pública. Pero, al parecer, en la Casa Blanca han decidido dejar esas cuestiones para después: lo primordial es que los coches sean más baratos y accesibles.
Los coches eléctricos quedan fuera de juego
Es simbólico que no solo los ecologistas hayan sido blanco de los recortes, sino también gigantes como Tesla. Donald Trump manifiesta abiertamente su indiferencia por el futuro de los autos eléctricos, incluso si eso puede afectar el negocio de Elon Musk. En Estados Unidos ya no quieren oír hablar de tecnologías “verdes” que, según la actual administración, solo obstaculizan el desarrollo de la industria automotriz tradicional.
A diferencia de Europa, donde los coches eléctricos ganan cada vez más popularidad, América apuesta por los viejos y fiables motores de combustión interna. Resulta irónico que, en medio de estos acontecimientos, en China los vehículos eléctricos ya estén desplazando a los de gasolina del mercado, como lo demuestra el reciente récord de ventas, cuando los asequibles crossovers eléctricos de Geely literalmente revolucionaron el mercado y ahora representan una amenaza para los fabricantes europeos.
En Estados Unidos, por el contrario, los coches eléctricos se han convertido casi en una rareza para los entusiastas del progreso. La mayoría de los compradores sigue optando por modelos de gasolina o diésel de probada fiabilidad, mientras que el gobierno aviva aún más la situación al eliminar cualquier incentivo para pasarse a la movilidad eléctrica.
Ley e ironía
Es curioso que la EPA haya reconocido oficialmente que las restricciones anteriores carecían de suficiente base legal. Ahora, todas las cuestiones sobre la regulación de emisiones se han transferido al Congreso, que, como es sabido, evita tomar decisiones impopulares. Así, el destino de la ecología estadounidense depende más de juegos políticos que de datos científicos o de la preocupación por el futuro.
En lugar de debatir sobre el aumento de aranceles o las operaciones militares, los legisladores ahora decidirán si merece la pena regular las emisiones de los automóviles en general. La ironía radica en que, en pleno siglo XXI, la mayor economía del mundo renuncia deliberadamente a combatir la contaminación, escudándose en lemas de libre mercado y supuestos beneficios para el consumidor.
Mientras Europa y Asia apuestan por la innovación y la sostenibilidad, Estados Unidos regresa a las tradiciones del siglo pasado. Los grandes beneficiados son las multinacionales automovilísticas y quienes sueñan con coches potentes y asequibles. Pierden todos los demás, especialmente quienes se preocupan por el aire que respiran sus hijos y nietos.
Donald Trump es una figura que no requiere presentación. Expresidente de Estados Unidos, multimillonario y magnate de los medios, es conocido por sus declaraciones ruidosas y decisiones radicales. Su política hacia la industria automotriz siempre se ha caracterizado por el desprecio a las normas ambientales y la apuesta por la rentabilidad económica. Bajo su mandato, el sector automotor estadounidense obtuvo carta blanca para volver a las viejas tecnologías y la lucha contra las emisiones quedó en ridículo. Para unos, representa la libertad e independencia; para otros, es el símbolo de la irresponsabilidad y el egoísmo.











