
El otoño, con su cálido resplandor y el oro de las hojas, es el momento perfecto para descubrir la España rural. Lejos del bullicio de las grandes ciudades, entre encinas y alcornoques de Extremadura, se esconde un pueblo donde el tiempo parece seguir su propio ritmo. Alburquerque, situado en la provincia de Badajoz, parece salido de las páginas de una novela histórica. Sus calles empedradas, serpenteando por la ladera, y su imponente castillo que mira hacia la frontera portuguesa, crean una atmósfera inigualable. Al atardecer, los rayos anaranjados del sol bañan los muros de piedra y las torres defensivas, llenando el lugar de un silencio mágico, solo interrumpido por el aroma de la tierra húmeda y el humo de la leña.
La ciudad se extiende al pie de la sierra de San Pedro y ofrece a los viajeros no solo riqueza histórica, sino también paisajes naturales. Los parajes del entorno, dominados por alcornoques que durante siglos han sustentado la economía local, están surcados por rutas de senderismo. Estos caminos llevan hasta ermitas aisladas, arroyos y miradores que ofrecen impresionantes vistas sobre la llanura. El casco histórico de Alburquerque, declarado Bien de Interés Cultural, es uno de los mejor conservados de la región. En su arquitectura se mezclan de forma singular estilos gótico, mudéjar y renacentista, formando un conjunto único que casi no ha cambiado con el paso de los siglos.
El principal emblema de la ciudad es el Castillo de Luna, que se alza en la cima de la colina. Su construcción transcurrió entre los siglos XIII y XV, y debe su nombre a don Álvaro de Luna, un poderoso noble castellano que ordenó levantar la torre principal. A lo largo de su extensa historia, la fortaleza fue ciudadela militar y residencia de la nobleza; hoy acoge un albergue juvenil, ofreciendo la oportunidad única de pasar la noche rodeado de siglos de historia. Desde sus almenas se contempla una panorámica impresionante de la ‘Raya’, la frontera natural entre España y Portugal. Los visitantes pueden recorrer patios interiores, capillas y pasadizos secretos, siempre guiados por expertos.
Junto al castillo se sitúa la iglesia de Santa María del Mercado, un templo gótico del siglo XV. Su nombre recuerda el mercado que antiguamente animaba su explanada. Fue punto de encuentro para moros, judíos y cristianos, quienes comerciaban y compartían noticias, testimonio del pasado multicultural de esta ciudad fronteriza. En su interior se conserva un retablo del siglo XVI y la venerada escultura local de Cristo el Consolador.
Descendiendo por la calle Carcel, que bordea la muralla, se llega al barrio gótico de Villa-Adentro, el corazón del viejo Alburquerque. Aquí, los blasones tallados en piedra en las fachadas de las casas y los vanos ojivales de las puertas evocan tiempos de caballeros, mientras que torres defensivas como la del Reloj o la Torre Mocha son mudos testigos de la importancia estratégica de la ciudad en la Edad Media. Se puede recorrer parte de la robusta muralla, que alcanza los diez metros de altura, y disfrutar de las vistas sobre la ciudad y sus alrededores.
En las afueras, entre prados y encinares, se alza la ermita de Nuestra Señora de Carrión. Este edificio de muros encalados y proporciones armoniosas, construido entre los siglos XVII y XVIII, resguarda la imagen de la patrona de la ciudad. Cada año, la ermita se convierte en centro de peregrinación y festividad popular, reflejando el equilibrio entre la sencillez rural y la profunda religiosidad propia de la arquitectura extremeña.












