
España no es solo costas soleadas y bulliciosas metrópolis. En el corazón del país, en las vastas llanuras de Castilla-La Mancha, se esconden auténticas joyas fuera de los circuitos turísticos habituales. Uno de estos lugares es un pequeño municipio cuya historia y fisonomía están íntimamente ligadas a un majestuoso río y a una monumental alcazaba que se alza sobre sus aguas. Esta es la historia de cómo una austera fortaleza militar se transformó en una refinada residencia aristocrática, que ha mantenido la vida entre sus muros durante siglos.
Se trata de Malpica de Tajo, un municipio de la provincia de Toledo que podría haber pasado desapercibido si no fuera por su principal emblema: un castillo del siglo XIV. Su historia se remonta aún más atrás, ya que fue construido sobre los cimientos de una antigua edificación árabe. Posteriormente, pasó a manos de la influyente familia Gómez de Toledo, que lo convirtió en su residencia familiar. Este detalle es lo que lo hace único. A diferencia de cientos de castillos españoles convertidos en pintorescas ruinas o museos, este ha permanecido habitado de forma ininterrumpida. Esta peculiaridad lo emparenta más con los châteaux franceses, donde la vida nunca se detuvo.
La fortaleza presenta una forma cuadrada clásica con potentes torres en las esquinas, y su poder defensivo se ve reforzado por la propia naturaleza. El río Tajo la rodea, creando un foso natural que en su día hizo que la ciudadela fuera casi inexpugnable. Sus muros de ladrillo, con evidentes rasgos del estilo mudéjar, aún conservan huellas de su pasado militar, como saeteras y almenas, al tiempo que muestran ventanas palaciegas añadidas más tarde para aportar luz y comodidad. Aunque la fortaleza es de propiedad privada y el acceso al interior no está permitido al público, recorrer su perímetro permite apreciar en toda su dimensión la magnitud y belleza de este monumento histórico y sentir el peso de los siglos.
Pero la localidad no destaca solo por su principal atractivo. También merecen atención la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol y la capilla de San Sebastián, que son centros de la vida social y espiritual. Este conjunto arquitectónico se integra de manera armoniosa en el apacible paisaje del valle fluvial, ofreciendo al viajero rincones tranquilos para la contemplación y el descanso. La identidad cultural del municipio se resalta con las fiestas locales. En enero, el día de San Sebastián se celebra con gran animación, y en agosto se rinde homenaje a Nuestra Señora de las Nieves; estas festividades permiten sumergirse en la atmósfera de una España auténtica y no turística, donde las tradiciones se preservan y transmiten de generación en generación.












