
Muchos viajeros que se dirigen a las soleadas costas de Levante pasan por Albacete, considerándolo solo un punto en el mapa. Sin embargo, quienes se atreven a desviarse de la ruta habitual descubren una ciudad llena de sorpresas y rincones encantadores. Entre sus joyas arquitectónicas, como la catedral de San Juan Bautista o el Pasaje Lodares, destaca especialmente un edificio. En el pasado cumplía una función estrictamente utilitaria, proporcionando a los habitantes un recurso vital, pero hoy se ha convertido en un verdadero templo del conocimiento. Este lugar, concebido originalmente para almacenar agua potable, fue rescatado del olvido y la ruina para transformarse en cuna de sabiduría y centro de atracción para todas las mentes curiosas.
Es precisamente este marcado contraste entre su pasado industrial y su presente cultural lo que lo convierte en uno de los espacios más cautivadores de Albacete. No se trata simplemente de otra construcción restaurada. «Depósitos del Sol», como lo llaman los locales, es hoy un referente arquitectónico y social, que invita a descubrir la ciudad desde una perspectiva completamente distinta, lejos de los caminos turísticos habituales. Su historia es un relato de audaz reinvención y de la capacidad de ver potencial donde otros solo ven ruinas.
Erigido en 1921 en uno de los puntos más altos de la ciudad, Carretas, este monumental edificio cumplió fielmente su función durante décadas. Fue el corazón del sistema de abastecimiento de agua de la ciudad, sin el cual la vida en Albacete habría sido impensable. Sin embargo, con el paso del tiempo y el avance de la tecnología, el gigantesco depósito quedó obsoleto. Comenzó a deteriorarse lentamente y estuvo realmente amenazado de demolición. No obstante, en la década de los noventa del siglo pasado, el ayuntamiento tomó una decisión trascendental: no destruirlo, sino darle nueva vida. Así, en 2001, tras una amplia rehabilitación, volvió a abrir sus puertas, pero con un propósito completamente distinto: convertirse en la Biblioteca Municipal y sede del Servicio Municipal de Lectura.
Esta transformación fue posible gracias al talento del arquitecto Francisco Jurado Jiménez. Logró no solo preservar la esencia histórica del antiguo depósito, sino también integrar de forma armónica elementos modernos. Uno de los emblemas del complejo es la torre cilíndrica de hormigón, que recuerda a una chimenea industrial. Dentro de ella se encuentra un ascensor panorámico y una escalera de acero que conduce al mirador. Y un inusual “meteorito cúbico” incrustado en el techo inunda de luz el espacio interior, creando una sorprendente sensación de amplitud y ligereza que impacta a cada visitante.
En la fachada del edificio, el frío brillo metálico de las escamas exteriores de aluminio se combina con la calidez de la madera natural en los interiores. Esta fusión crea un ambiente sorprendentemente acogedor, propicio para la concentración en el trabajo. La estética modernista se aprecia en los motivos vegetales que adornan la parte superior de la construcción, en las franjas decorativas a lo largo del perímetro y en los detalles de la cúpula, donde predominan los tonos azul y amarillo. Todo ello otorga al complejo una identidad única, que lo distingue en el entorno urbano.
Hoy este espacio es mucho más que un lugar para la lectura. Alberga salas de estudio, una mediateca, fonoteca y videoteca, y los servicios digitales modernos lo han integrado en la red regional de Castilla-La Mancha. Transformado en uno de los símbolos más representativos de Albacete, el antiguo depósito ilustra claramente cómo los edificios históricos pueden adaptarse a las necesidades del futuro sin perder su identidad. Dejó de almacenar agua para convertirse en custodio del conocimiento, y este camino resulta inspirador.












