
En pleno corazón de Pamplona, en una de sus plazas más concurridas, se alza desde 1954 una majestuosa columna coronada por la imagen de la Virgen María. La mayoría de los turistas e incluso algunos habitantes locales pasan junto a ella sin conocer el origen y el profundo simbolismo de este complejo monumental. Sin embargo, su diseño no es casual, ni tampoco la fecha elegida para su inauguración solemne; su silueta remite directamente al famoso conjunto romano.
Este monumento navarro fue concebido como un gran acontecimiento religioso y urbano del siglo XX. Sus soluciones arquitectónicas y escultóricas reflejan una clara voluntad simbólica, vinculada a una celebración eclesiástica internacional y a un momento muy específico de la historia reciente de la ciudad.
La huella romana en Navarra
La historia del monumento comenzó en 1954, cuando se celebraba el centenario de la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción, establecido por el papa Pío IX en 1854. En este contexto, el papa Pío XII declaró el Año Santo Mariano. Aprovechando esta ocasión significativa, el ayuntamiento de Pamplona, a propuesta del entonces alcalde Javier Pueyo Bonet, impulsó la creación de un majestuoso monumento religioso en la ciudad.
El proyecto fue encargado al arquitecto Felipe de Gastelu y Jacome, mientras que la realización de la escultura recayó en el artista ovetense Manuel Álvarez Laviada, formado en la Academia Española de Roma. Su estancia en la capital italiana influyó decisivamente en la concepción estética de todo el conjunto. La composición toma prestadas ideas directamente del monumento a la Inmaculada Concepción en la Plaza de España de Roma, algo reconocible en la forma de la columna, el lenguaje visual y la composición ascendente.
Símbolo de fe y voluntad popular
La escultura representa a la Virgen María en actitud orante, vestida con túnica y manto de amplios pliegues. Sus pies descalzos reposan sobre el globo terráqueo y una media luna, rodeada de querubines y símbolos de la Inmaculada Concepción. Todo el conjunto, realizado en estilo figurativo, muestra continuidad iconográfica respecto a modelos barrocos del siglo XVII como las obras de Alonso de Mena en Granada, pero adaptado a los lenguajes artísticos del siglo XX.
La financiación del proyecto fue posible gracias a una colecta ciudadana, que reunió más de 263.000 pesetas, una suma considerable para la época. La inauguración oficial tuvo lugar el 8 de septiembre de 1954, el Día del Privilegio de la Unión. La celebración incluyó un desfile solemne desde la Catedral encabezado por gigantes y cabezudos, en compañía de las autoridades municipales, pregoneros, timbaleros y una orquesta.
Una obra maestra olvidada
Ubicada en la actual avenida Doctor Arazuri, frente a la iglesia de San Lorenzo, esta obra de arte se ha consolidado como uno de los hitos escultóricos más emblemáticos de la ciudad. Cada año, el 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, se celebran eucaristías, ofrendas florales y actos litúrgicos a los pies del monumento.
A pesar de su altura, su ubicación céntrica y su fuerte carga simbólica, el monumento a menudo pasa desapercibido para muchos visitantes de la ciudad. Sin embargo, es una de las obras más destacadas de la escultura religiosa del siglo XX en Navarra, además de representar un vínculo directo entre Roma y Pamplona a través del arte y la fe.
Por cierto, Pamplona, capital de la Comunidad Autónoma de Navarra, es conocida mundialmente por el festival de San Fermín y sus famosos encierros, que fueron descritos por Ernest Hemingway. La ciudad cuenta con una rica historia que se remonta a la época del Imperio Romano y fue la capital del antiguo Reino de Navarra. Su casco antiguo, bien conservado, con calles estrechas, plazas acogedoras y una antigua ciudadela, atrae a miles de peregrinos que recorren el Camino de Santiago, el cual atraviesa el corazón de Pamplona.












