
En las vastas tierras de Castilla-La Mancha, donde cada piedra parece respirar historia, existen lugares que escapan a la atención del turismo de masas. Entre olivares y llanuras abrasadas por el sol se esconde una verdadera joya arquitectónica: el bastión de Manzaneque. Sus formas austeras y casi ascéticas resguardan una turbulenta crónica llena de sucesivos propietarios, períodos de abandono y sorprendentes resurgimientos. No son simplemente ruinas del pasado, sino un organismo vivo, integrado en la vida contemporánea, lo que lo convierte en un lugar único para estudiar y visitar.
La construcción de este edificio monumental comenzó a finales del siglo XIV y alcanzó su apogeo en el siglo XV. Su concepto, conocido como “castillo-residencia”, combinaba sólidas funciones defensivas con el confort necesario para la vida de la nobleza. El destino de este lugar está estrechamente vinculado a nombres de influyentes familias aristocráticas de la época. Entre sus propietarios destacan figuras como Doña María de Orozco y Don Iñigo de Ávalos. Un papel especial desempeñó Don Álvarez de Toledo, quien ocupó el cargo de secretario con los Reyes Católicos, Isabel y Fernando. Este patrocinio subrayaba la importancia estratégica de la fortaleza para el control de los territorios circundantes.
La construcción es un clásico ejemplo de fortificación medieval: un cuadrado regular en planta, dominado por una torre principal —el torreón— que ocupa casi la mitad del patio interior. En tiempos pasados, la fortaleza estaba rodeada por un profundo foso, y solo se podía acceder a su interior mediante puentes levadizos. Sus gruesos muros y el impresionante arsenal evidencian que sus habitantes estaban preparados para cualquier asedio. La entrada principal está decorada con un monumental arco apuntado, flanqueado por imponentes torres cilíndricas. Sobre el arco aún se pueden observar los escudos de familias nobles, tallados en la piedra, que en otro tiempo poseyeron estas murallas.
La historia de este edificio ha sido sinuosa. Épocas de prosperidad alternaron con décadas de abandono, cuando parecía que el tiempo acabaría por borrarlo del mapa. Sin embargo, en el siglo XX se llevaron a cabo dos grandes restauraciones, una a comienzos del siglo y otra en la década de 1970, que no solo reforzaron las estructuras debilitadas, sino que también les devolvieron la vida. Uno de los episodios más curiosos de su biografía fue el uso de los sótanos como prisión local. Esta función se mantuvo sorprendentemente durante largo tiempo, prácticamente hasta hace poco, agregando un tono sombrío a su historia centenaria.
El presente de este monumento histórico, declarado Bien de Interés Cultural en 1985, no deja de sorprender. Tras la última rehabilitación, se decidió alojar en sus muros los servicios municipales. Así, la antigua fortaleza militar y prisión se transformó en el ayuntamiento de la localidad de Manzaneque. Esta decisión no solo salvó el edificio de la ruina, sino que también lo hizo accesible para todos. Ahora, cualquier persona puede, previa cita, recorrer sus amplios salones y conectar personalmente con la historia, al comprobar cómo el severo legado medieval se ha convertido en el corazón administrativo de una moderna localidad española.












