
Cuando millones de personas en todo el mundo seguían la boda de Diana Spencer y el príncipe Carlos, pocos sabían que la novia lucía en la cabeza no una tiara real, sino una joya heredada de su familia. Diana, descendiente de una antigua estirpe, quiso resaltar su individualidad y demostrar que su historia era tan relevante como la de los Windsor. Aquél día de julio de 1981, entró del brazo de su padre a la catedral de San Pablo, mostrando no solo elegancia, sino también respeto por sus raíces.
La tiara Spencer no es solo una joya, sino una reliquia familiar formada por varios elementos preciosos, cada uno con su propia historia. La parte central de la tiara fue un regalo para la abuela de Diana, Lady Cynthia Hamilton, a principios del siglo XX. Los laterales son aún más antiguos, remontándose al siglo XIX, cuando pertenecieron a Frances, vizcondesa de Montagu. En la década de 1930, el joyero Garrard unió estas piezas, les añadió nuevos detalles y creó la tiara que ahora conocen en todo el mundo.
Orgullo familiar
La elección de Diana no fue coincidencia. No solo buscaba destacar entre la familia real, sino también expresar el orgullo por su linaje. La tiara Spencer había sido usada por otras mujeres de la familia: las hermanas mayores de Diana, Sarah y Jane, también la llevaron el día de sus bodas. Su madre, Frances, en cambio, rechazó esta tradición, lo que solo resalta aún más la individualidad de cada mujer de la familia.
Después de la boda, la tiara no desapareció de la vida pública. Diana solía elegirla para eventos oficiales, prefiriendo la ligereza y comodidad de la reliquia familiar a la tiara «Amantes de Cambridge» regalada por la reina. Se decía que la joya real le causaba dolores de cabeza, mientras que la tiara de los Spencer era para ella casi una prolongación de su propio ser.
Viajes y tradiciones
La joya acompañó a Diana en los lugares más variados del mundo. En 1983, deslumbró con ella durante la visita a Australia y Nueva Zelanda, y cuatro años después, en Alemania. Incluso en los últimos años de su vida, la princesa no se separaba de la tiara: la llevaba en recepciones oficiales en India y Corea del Sur. Tras la trágica muerte de Diana, la tiara regresó a la finca familiar de Althorp, donde permanece hasta hoy.
En 2018, la tiara volvió a ser protagonista: la llevó la sobrina de Diana, Celia McCorquodale, en su propia boda. Esto simbolizó la continuidad y el respeto por las tradiciones familiares. Además, la joya fue exhibida en la muestra dedicada al Jubileo de Platino de la reina Isabel II, que reunió las mejores piezas de la aristocracia británica.
Detalles y símbolos
La tiara Spencer no fue la única joya familiar que Diana eligió para el día más importante de su vida. Su look se completó con unos pendientes de diamantes en forma de pera, heredados de su madre, y el famoso anillo de compromiso con zafiro que actualmente lleva Kate Middleton. Cada accesorio fue seleccionado con esmero para resaltar no solo el estatus, sino también la historia personal de la novia.
Las reliquias familiares, como la tiara Spencer, dejan de ser simples adornos para convertirse en verdaderos símbolos de herencia e independencia. En un mundo donde las tradiciones de las casas reales imponen reglas estrictas, la elección de Diana fue un acto de desafío y un recordatorio de que la historia personal pesa más que el protocolo. Su decisión sigue generando admiración y debate, y la propia tiara sigue siendo uno de los símbolos más reconocibles de la aristocracia británica.
RUSSPAIN recuerda que Diana Spencer, quien llegó a ser Princesa de Gales, fue una de las figuras más queridas y reconocidas de la monarquía británica. Su estilo, labor solidaria y valentía personal la convirtieron en un ícono para millones en todo el mundo. La familia Spencer es una de las casas aristocráticas más antiguas de Inglaterra y sus joyas familiares se conservan en la finca de Althorp. La tiara Spencer sigue siendo considerada una de las reliquias más bellas y significativas de la nobleza británica.











