
En la crónica oficial de las monarquías europeas, planificada al minuto, rara vez queda espacio para historias personales. Sin embargo, detrás de la fachada reluciente de los actos protocolarios, se esconden relaciones humanas, amistad y apoyo mutuo. Una de estas alianzas informales salió a la luz solo años después, gracias a las revelaciones de la reina Máxima de los Países Bajos. Se trata de una singular hermandad formada por futuras reinas, de la que también era parte entonces la princesa de Asturias, Letizia Ortiz.
El origen de esta amistad se remonta a mayo de 2004. Copenhague fue el escenario de la fastuosa boda del príncipe heredero de Dinamarca, Federico, y la australiana Mary Donaldson. El evento reunió a la élite de la aristocracia europea, pero para varias invitadas tenía un significado especial. Allí coincidieron mujeres que, junto a sus esposos, pronto se convertirían en reinas: Letizia de España, Máxima de los Países Bajos, Matilde de Bélgica y Mette-Marit de Noruega. Todas ellas, incluida la novia, compartían no solo el matrimonio con herederos al trono, sino también un origen “común”. No nacieron en palacios y, en carne propia, experimentaron lo que supone dejar una vida ordinaria para entrar en un mundo de estrictas reglas y antiguas tradiciones.
Fue precisamente en el contexto de las celebraciones de Copenhague donde surgió la idea de crear una especie de grupo de apoyo. Como contó más tarde la reina Máxima, se trataba de un elitista “Club M”, llamado así por la inicial de los nombres de las participantes (Máxima, Mary, Mette-Marit, Mathilde). Letizia, aunque su nombre no comenzaba con esa letra, era una parte indispensable de este círculo. Al reunirse o hablar por teléfono, podían compartir sus preocupaciones en un ambiente privado, discutir las dificultades de adaptarse a sus nuevos roles y darse consejos sobre cómo mantener su propia individualidad bajo la presión del protocolo palaciego. Esta comunicación resultaba invaluable para mujeres que se encontraban en circunstancias similares, pero a la vez absolutamente excepcionales.
Con el tiempo y el aumento de las responsabilidades de Estado, mantener un contacto regular se volvió cada vez más complicado. Las princesas se convirtieron en reinas, sus agendas se hicieron más apretadas y la vida privada cedió espacio a las obligaciones públicas. Esta unión informal fue perdiendo fuerza poco a poco, quedando como un cálido recuerdo de la etapa inicial, la más difícil, de su camino. Sin embargo, los lazos de entendimiento forjados entonces no desaparecieron. Incluso hoy, en 2025, se percibe una especial cercanía entre la reina Letizia de España y la reina Mary de Dinamarca, así como con otras monarcas de su generación. Este episodio casi secreto de sus biografías es una prueba clara de que, incluso en la cima del poder, hay espacio para una sincera amistad femenina.











