
El nombre del rey español Felipe II estuvo rodeado durante siglos de una fama sombría. Fuera de España, se le retrataba como un gobernante despótico y cruel, responsable de crímenes inimaginables. Esta imagen, conocida como la «leyenda negra» (leyenda negra), fue el resultado de una de las campañas de propaganda más exitosas de la historia, que durante mucho tiempo definió la percepción del monarca y de todo el país.
El origen de esta guerra informativa se encuentra en la hegemonía política de España en el siglo XVI. El poder heredado por Felipe II de su padre, Carlos V, despertaba envidia y temor en toda Europa. Si Carlos tenía reputación de monarca guerrero, su hijo, reservado y centrado en gobernar un vasto imperio desde su despacho, se convirtió en un objetivo ideal para las críticas. Su reinado coincidió con la agudización de conflictos que sus adversarios aprovecharon para forjar la imagen de un tirano.
El campo de batalla clave en la lucha por la reputación fueron los Países Bajos. La rebelión contra el dominio español generó una fuerte oleada de propaganda. El líder de los rebeldes, Guillermo de Orange, publicó en 1581 su famosa «Apología» (Apología). En este documento no solo condenaba los duros métodos de la administración española, sino que también lanzaba acusaciones personales contra Felipe II. Al rey se le tildaba de adúltero, marido incestuoso (su cuarta esposa, Ana de Austria, era su sobrina) e incluso asesino de su propio hijo, el infante don Carlos, y de su tercera esposa, Isabel de Valois. Estas graves y no probadas acusaciones se difundieron por toda Europa.
A la campaña de desprestigio contra el monarca se sumaron otros actores. El exsecretario del rey, Antonio Pérez, quien huyó de España tras caer en desgracia, publicó sus «Relaciones», donde retrató a Felipe II como un tirano vengativo y mezquino, implicado en asesinatos políticos. El monje portugués José de Teixeira, en su obra, calificó al gobernante español de hipócrita y monstruo. Cada una de estas publicaciones añadía nuevos matices sombríos al retrato del rey.
La «leyenda negra» se difundía no solo a través de textos. La propaganda visual jugó un papel fundamental. En los Países Bajos se imprimían masivamente grabados que representaban a los soldados españoles como bárbaros sanguinarios, violadores e incluso caníbales. Estas imágenes eran simples, comprensibles y sumamente efectivas para influir en la opinión pública. El odio hacia los españoles se convirtió en una mercancía popular, que se vendía bien y estimulaba la proliferación de estos relatos.
En otros países, la propaganda antiespañola encontraba terreno fértil. En Inglaterra, tras el fracaso de la «Armada Invencible» en 1588, se forjó el mito nacional de la heroica resistencia ante la tiranía española. En Francia, tradicional rival de España, se difundían panfletos que ridiculizaban las ambiciones imperiales de Felipe II. Otro instrumento poderoso fue el tema de la conquista de América. La obra del monje dominico Bartolomé de las Casas sobre las brutalidades de los conquistadores, traducida a numerosos idiomas, se utilizó para demostrar una supuesta crueldad innata de los españoles.
La Inquisición se convirtió en el símbolo de la intolerancia y el fanatismo español para la Europa protestante. Felipe II, como ferviente católico, apoyó activamente su labor. Los relatos sobre torturas y autos de fe, a menudo muy exagerados, pasaron a formar parte inseparable de la «leyenda negra», presentando a España como un país de oscurantismo y opresión religiosa.
La historiografía moderna ofrece una visión más equilibrada sobre la personalidad y el gobierno de Felipe II. Los historiadores reconocen que la «leyenda negra», aunque tenía cierta base real en la crueldad de las guerras y las intrigas políticas de la época, fue principalmente una herramienta de propaganda. Las acusaciones formuladas por los enemigos de España solían ser falsas o muy distorsionadas. Hoy en día, los investigadores procuran evitar valoraciones maniqueas y analizan la figura del «Rey Prudente» en el complejo contexto de su época, separando los hechos históricos de los mitos forjados a lo largo de los siglos.












