
A los pies de la Sierra de Leyre, donde las cumbres se disuelven sobre el reflejo turquesa del agua, se esconde Yesa, un pueblo que parece detenido en el tiempo. El perfil de piedra de la localidad, reflejado en el embalse homónimo, se percibe como un secreto bien guardado del norte de España. Es un lugar donde historia y naturaleza se entrelazan, y la luz otoñal transforma cada rincón en una pintura viva.
Yesa, con apenas unos trescientos habitantes, se alza sobre una cresta rocosa conservando su trazado medieval y el encanto inconfundible de las aldeas pirenaicas. Desde las calles más altas se disfrutan panorámicas impresionantes del embalse y las montañas, tan impactantes que parecen irreales. La superficie del agua cambia de aspecto según la estación, pero es en otoño cuando el paisaje alcanza su máximo esplendor, tiñéndose de tonos dorados y rojizos.
El embalse, que ocupa más de dos mil hectáreas y se extiende a lo largo de diez kilómetros, llega parcialmente a la provincia de Zaragoza. Fue construido a mediados del siglo XX para contener las aguas del río Aragón. Con el tiempo, este lugar, al que los vecinos llaman con orgullo el “mar del Pirineo”, se ha convertido en un destino popular para el ocio y la contemplación. Senderistas, aficionados al kayak o al paddle surf encuentran aquí un entorno inigualable.
A solo unos kilómetros del pueblo se encuentra el monasterio de San Salvador de Leyre, considerado el cenobio más antiguo de Navarra y un punto clave en el tramo aragonés del Camino de Santiago. Fundado en el siglo XI, impresiona por su arquitectura románica y su relevancia histórica, siendo uno de los conjuntos monumentales más importantes del norte del país. Desde el mirador del monasterio se disfruta de una vista sobre el embalse, los valles y los bosques, formando uno de los panoramas más emblemáticos de la región.
Yesa conserva con esmero otros vestigios de su pasado. Entre ellos destacan la iglesia de San Esteban y el Puente de los Roncaleses (Puente de los Roncaleses), vinculado a legendarias batallas de la época de la Reconquista y del que aún quedan seis de los siete arcos originales. Hoy, sus calles adoquinadas invitan a pasear sin prisa, descubriendo rincones con encanto y sumergiéndose en el tranquilo ritmo de la vida rural. Al caer la tarde, el silencio solo es interrumpido por el repicar de las campanas y el susurro del viento, recordando que en Yesa el tiempo sigue un compás distinto.
Para quienes decidan quedarse, el hotel del monasterio de Leyre o los locales como el Bar-Hostal Arangoiti o La Taberna de Yesa abren sus puertas. Allí se puede degustar platos tradicionales, como el cordero al chilindrón o las migas pastoriles. Es el cierre perfecto para una escapada que armoniza gastronomía, patrimonio cultural y naturaleza en estado puro.
Para llegar aquí desde Zaragoza, la ruta más corta es por las autopistas AP-68 y AP-15, y luego por la A-21 y NA-2420, que llevan directamente al centro del pueblo. En solo un par de horas es posible cambiar el bullicio de la ciudad por uno de los paisajes más tranquilos y pintorescos de Navarra, donde la piedra y el silencio cautivan a cualquiera que descubre este lugar en otoño.












