
Durante siglos, el tenedor fue un objeto enigmático e incluso temido por los habitantes de Rus. Este cubierto apareció por primera vez en la corte en el siglo XIV, pero durante mucho tiempo no salió de los círculos de la nobleza. La gente común prefería seguir usando las habituales cucharas de madera y miraban con recelo la novedad. La desconfianza no se debía solo al conservadurismo: la forma del tenedor recordaba a unos cuernos, lo que muchos asociaban con fuerzas malignas y el diablo. Por eso, no se apresuraban a introducirlo en casa, temiendo su posible mala influencia.
La difusión del tenedor entre la aristocracia comenzó solo a principios del siglo XVII, cuando Marina Mniszech, esposa de Lzhedmitry I, lo trajo de Europa. Sin embargo, incluso entonces seguía siendo una rareza, y no fue hasta principios del siglo XX cuando se popularizó entre el pueblo. Los campesinos no veían la utilidad de aquel objeto extranjero: todos los platos podían comerse con cuchara y, para los guisos más espesos, bastaban las manos. La cuchara era una herramienta universal que siempre llevaban consigo, sobre todo durante las labores en el campo.
Pedro I y las nuevas costumbres
La situación empezó a cambiar con Pedro I. El emperador no solo introdujo en el uso cotidiano la palabra «tenedor», sino que también mandó a hacer para sí un juego de cubiertos de plata. Pedro siempre los llevaba consigo, incluso en largos viajes, y los colocaba en la mesa durante comidas como invitado. Pronto los cortesanos siguieron su ejemplo: los boyardos comenzaron a traer sus propios cubiertos a las recepciones, escondiéndolos en el pecho o en la bota. Esto era necesario, ya que en los fastuosos banquetes los cubiertos aparecían en la mesa rara vez: la tradición del servicio de mesa apenas comenzaba.
A comienzos del siglo XIX el protocolo se volvió más complejo: aparecieron cubiertos especiales para distintos platos y la comida se transformó en un verdadero arte. Hasta entonces, tanto campesinos como nobles comían principalmente con cucharas o con las manos. La cuchara no solo era un objeto cotidiano, sino también un símbolo de riqueza y un elemento del arte popular. Artesanos especializados en cucharas las tallaban en madera, las decoraban a mano e, incluso, a veces las convertían en instrumentos musicales.
La cuchara como parte de la cultura
Cada cuchara tenía su propio propósito y nombre. La cuchara ancha y universal se llamaba «mejeumok», ideal para comer gachas o sopa. Para la comunión en la iglesia se utilizaba la pequeña «lzhitsa», mientras que los barqueros preferían las grandes y toscas «butyrki», útiles para mezclar comida en grandes cantidades. La fabricación de cucharas se convirtió en un verdadero oficio: artesanos de distintas provincias creaban cucharas puntiagudas, planas e incluso plegables, algunas de las cuales alcanzaban precios muy elevados. Existían cucharas especiales para caviar, té o mostaza, y las de uso religioso se adornaban con una cruz tallada en el mango. Se sabe que la cuchara de Pedro I estaba incrustada con marfil.
Con las cucharas también está relacionado el dicho «bít baklushi». La pieza en bruto para una cuchara se llamaba «baklusha», y un artesano experimentado podía prepararla en apenas unos minutos. Con el tiempo, la expresión adquirió un tono irónico y pasó a significar un trabajo fácil y casi inútil.
Tradiciones en la mesa
Los boyardos tenían la costumbre de llevar siempre consigo sus propios cubiertos, incluso cuando visitaban a extranjeros. En los hogares rusos, a los invitados se les recibía generosamente sirviendo la mesa de inmediato, mientras que los diplomáticos europeos solían mantener largas conversaciones antes de servir la comida. Los aristócratas rusos, al notar esta diferencia, idearon una broma graciosa: al llegar a casas europeas, sacaban enseguida sus cucharas de las botas, insinuando el deseo de empezar a comer cuanto antes. Este gesto a menudo ponía incómodos a los anfitriones, lo que divertía mucho a los invitados.
La cuchara en Rusia no era simplemente un utensilio doméstico, sino parte del carácter nacional. Acompañaba a la persona desde la infancia, se convertía en símbolo de confort y prosperidad, además de motivo de orgullo para los artesanos. En cambio, el tenedor durante mucho tiempo fue considerado ajeno e incluso peligroso, y solo en el siglo XX llegó a ser un elemento habitual en la mesa.












