
En el extremo occidental de la provincia de Salamanca, donde la tierra española se encuentra con la portuguesa, se esconde un asombroso pueblo detenido en el tiempo. San Felices de los Gallegos no es simplemente un punto en el mapa, sino un verdadero portal al pasado. Aquí, el espíritu de frontera, que durante siglos marcó el ritmo de la vida, se percibe en cada piedra de sus calles empedradas y en el silencio imponente de las antiguas estructuras defensivas. Pasear por esta localidad es una rara oportunidad de escuchar el eco de épocas pasadas, cuando el destino de los reinos se decidía precisamente en enclaves fortificados como este.
La localidad forma parte de la famosa Ruta del Vino de Arribes, pero es reconocida sobre todo por su legado fortificado. Ya en la Edad Media, el monarca portugués Dionisio I, consciente de la importancia estratégica del lugar, ordenó construir una fortaleza inexpugnable y rodearla de muros, cuyos fragmentos todavía pueden visitarse hoy en día. Todo el casco histórico, gracias a su singular trazado fronterizo y a su valor cultural, ha sido declarado oficialmente Bien de Interés Cultural.
Detrás de sus imponentes portones, al viajero le espera un despliegue de tesoros arquitectónicos. La iglesia de Nuestra Señora entre Dos Álamos impresiona por su fusión de estilos románico, gótico y renacentista. El edificio del ayuntamiento, del siglo XVI, se encuentra junto a casas señoriales adornadas con escudos que evocan el antiguo esplendor de la nobleza castellana. Muy cerca se ubican el monasterio de las Pasiones de Cristo, con su delicada portada de granito renacentista, y la capilla del Rosario, fundada en el siglo XVIII. Este conjunto refleja siglos de historia turbulenta y el papel clave que la ciudad desempeñó en el diálogo y el enfrentamiento entre dos potencias.
El corazón del pueblo es su castillo, cuya crónica abarca más de siete siglos. Resistió innumerables asedios, saqueos e incluso un asombroso intento de desmontarlo piedra a piedra para trasladarlo a Estados Unidos. Construido a finales del siglo XIII por orden de un monarca portugués, formó parte de un complejo sistema defensivo que incluía la antigua muralla con torres cuadradas de los siglos XII y XIII, la torre principal reconstruida en 1476 y una fortificación bastionada de forma estrellada añadida en el siglo XVIII. A lo largo de su extensa vida, la fortaleza pasó de manos portuguesas a castellanas en 1326, perteneció a los duques de Alba y sirvió como cuartel durante la Guerra de la Independencia.
Pero San Felices no es un museo congelado en el tiempo. Sus habitantes conservan con esmero su identidad. La festividad de “El Noveno”, reconocida como evento de interés turístico regional, conmemora la abolición de un antiguo impuesto feudal que los vecinos pagaban a la Casa de Alba. Hoy, el visitante puede pasear tranquilamente por sus calles, admirando la solidez de las fortificaciones y degustando la gastronomía local. Destacan los platos de carne de vaca morucha, cordero churro y, por supuesto, los intensos vinos de la región de Arribes. Esta pequeña ciudad fronteriza, que encuentra el equilibrio entre pasado, tradiciones y naturaleza, sigue siendo uno de los tesoros más valiosos y aún por descubrir de Salamanca.












