
Desde lejos, este lugar parece irreal, un refugio casi imposible que se asienta en la cima de una meseta abrupta, suspendida sobre un mar infinito de bosques. El edificio, que parece flotar en el aire, ofrece vistas panorámicas en todas las direcciones, pero la verdadera aventura comienza mucho antes de poner un pie en su cima. Se trata del santuario de Mare de Déu de Cabrera, un templo medieval que se alza a 1308 metros en el corazón de la comarca de Collsacabra, en la frontera entre Osona y La Garrotxa. Solo se puede llegar a pie, y precisamente la dificultad del ascenso es parte fundamental de su atractivo: el sendero atraviesa zonas rocosas, pasa junto a barandillas y sube por escalones tallados directamente en la roca, recordando a una versión suavizada de una vía ferrata.
El santuario está situado en un acantilado de más de 1100 metros de altura, desde donde se contemplan impresionantes vistas del valle de Collsacabra y el embalse de Susqueda. En determinados días, cuando la niebla cubre las zonas bajas, desde aquí se puede observar un fenómeno natural mágico: el «mar de nubes». Este espectáculo transforma el paisaje habitual en un espacio blanco e irreal, dando la sensación de estar en una isla en medio de un océano celestial.
La ruta comienza en la iglesia de Sant Julià de Cabrera, donde termina la carretera asfaltada y empiezan las montañas. El primer tramo es exigente y empinado, obligando a los excursionistas a reducir el ritmo y avanzar con calma. Pronto, el sendero se estrecha y se convierte en una escalera natural que asciende por la roca, siempre bajo la sombra de las hayas que refrescan la subida. A medida que se gana altura, el paisaje se transforma en un espectáculo grandioso. La llanura de Plana de Vic se extiende a los pies del viajero como una maqueta elaborada, y en los días despejados se distinguen a lo lejos las siluetas de la cadena montañosa del Cadí, el macizo del Montseny e incluso la famosa montaña de Montserrat. En invierno, la escena se vuelve aún más mágica: las nubes cubren el valle y solo sobresalen los picos.
La elección de este lugar para la construcción no fue en absoluto casual. Ya en el siglo XII, en esta roca se alzaba un castillo, del que hoy solo quedan ruinas apenas perceptibles. Más tarde, tras los devastadores terremotos del siglo XV, entre 1622 y 1641, se erigió aquí el actual santuario. Se construyó en honor a la Virgen María, cuya imagen, según la tradición, fue encontrada en una cueva cercana. Aunque la estatua original se perdió durante la Guerra Civil, una copia ocupa hoy un lugar central en la nave románica del templo. La iglesia, de una sola nave y con campanario adosado, ha sufrido varias reformas a lo largo de su historia. Su estilo románico austero y sobrio contrasta notablemente con la majestuosidad de la naturaleza circundante, convirtiendo este lugar en un rincón de recogimiento y silencio donde el tiempo parece haberse detenido.
Hoy en día, este lugar atrae no solo a peregrinos en busca de recogimiento espiritual, sino que también es un destino muy apreciado por los aficionados al senderismo. Desde la plataforma rocosa que rodea el santuario se disfruta de una panorámica única: al norte se observa el pico Puigsacalm, al oeste, Pedraforca y el Cadí; al sur, el Montseny; y al este, extensos bosques sin fin. La cima plana de Cabrera forma parte del famoso reto excursionista «100 Cimas» y es un espacio ideal para descansar tras la ascensión. Incluso hay un pequeño restaurante donde reponer fuerzas antes del descenso. Precisamente allí, en la cima, el viajero comprende por qué este santuario, suspendido entre el cielo y la tierra, es uno de los secretos mejor guardados y más valorados de las montañas catalanas.












