
En pleno corazón de la provincia de Albacete, entre las pequeñas localidades de Férez y Hellín, se ha celebrado una de las fiestas ilegales más multitudinarias de los últimos años. Cientos de coches, furgonetas y caravanas se alinearon a lo largo de las orillas del embalse de Cenajo, transformando este tranquilo entorno natural en el epicentro de la música electrónica y la vida nocturna. Los organizadores, como siempre, permanecieron en el anonimato, mientras que los asistentes esperaban ansiosos días y noches interminables sin dormir.
Desde el primer momento, la policía intentó impedir la concentración masiva de personas, pero, a pesar de todos los esfuerzos, las multitudes lograron acceder al lugar del evento. Ya en el primer día, más de mil vehículos ocupaban la zona y el número de participantes no deja de aumentar. Las autoridades se vieron obligadas a cortar los accesos para evitar una llegada aún mayor de asistentes.
Control y seguridad
Unos trescientos agentes de la Guardia Civil patrullan día y noche los alrededores de Cenajo. Han participado no solo unidades locales, sino también fuerzas llegadas desde Madrid, Murcia, Valencia y Sevilla. Su labor es tanto garantizar el orden como impedir la entrada de nuevos participantes en el recinto. La carretera AB-408 permanece cerrada al tráfico en el tramo comprendido entre el kilómetro cero y el doce, y todos los caminos y senderos adyacentes se mantienen estrictamente controlados.
Hasta ahora no se han registrado incidentes graves. La policía señala que los participantes se comportan de manera relativamente tranquila, aunque el ambiente en el lugar se asemeja más a un festival que a una manifestación espontánea. Sin embargo, nadie baja la guardia: la experiencia de años anteriores demuestra que la situación puede cambiar en cualquier momento.
Geografía y participantes
Los primeros en llegar fueron caravanas y furgonetas con matrículas extranjeras. Especialmente numerosos son los visitantes de Francia y Dinamarca, para quienes estos raves ya se han vuelto tradición. En la madrugada del martes, las columnas de vehículos comenzaron a reunirse en Tobarra, pero tras los primeros intentos de desalojo policial, los participantes se trasladaron a Senajo. El intento de celebrar la fiesta en Cordovilla fracasó, y al anochecer del 31 de diciembre la multitud regresó nuevamente al embalse.
Todo lo que ocurre recuerda al guion de años anteriores. En 2025, una fiesta similar tuvo lugar junto al aeropuerto de Ciudad Real, y antes en Fuente Álamo (Murcia) y La Peza (Granada). Cada vez, el lugar se elige a último momento y la información se distribuye por chats cerrados y grupos en mensajería y redes sociales. Los organizadores permanecen en el anonimato y la policía se ve obligada a actuar ya cuando el evento está en marcha.
Logística y ambiente
En el sitio ya se han instalado escenarios, potentes sistemas de sonido, tiendas de campaña e incluso puntos de comida improvisados. Todo esto se asemeja a un auténtico festival de música, solo que sin permisos oficiales ni organizadores visibles. Se respira una sensación de libertad y cierto caos: aquí cada uno es dueño de sí mismo y la única regla la marca la música.
Las autoridades no esconden su frustración: pese a los intentos anuales de prevenir este tipo de eventos, los asistentes siempre encuentran la forma de reunirse. Esta vez, la policía actúa con máxima contundencia, pero hasta ahora sin resultados. La incógnita sobre cuánto durará esta fiesta sigue sin resolverse. Según rumores, la celebración podría extenderse hasta el Día de Reyes (6 de enero), aunque también podría terminar en cualquier momento; todo depende del clima, el ánimo y la paciencia de los participantes.
Tendencias y desafíos
Estos raves se han convertido en un verdadero desafío para las autoridades españolas. Por un lado, representan una protesta contra el formalismo y la burocracia; por otro, suponen un riesgo para la seguridad y el medio ambiente. Cada año la policía se enfrenta a las mismas dificultades: anonimato de los organizadores, movilidad de los asistentes e imposibilidad de predecir con antelación el lugar de encuentro.
Sin embargo, para muchos asistentes, estas fiestas no son solo una forma de celebrar el Año Nuevo, sino toda una filosofía. No hay entradas, horarios ni programas oficiales. Solo música, libertad y la sensación de ser parte de algo grande y auténtico. Mientras las autoridades buscan cómo detener esta fiesta, los participantes siguen bailando al aire libre, sin pensar en el mañana.











