
En los últimos cuatro años, las autoridades municipales de Madrid se han visto envueltas en una situación insólita: por la organización de los ruidosos festejos de San Isidro, el propio ayuntamiento se ha impuesto decenas de multas. El monto total de las sanciones por superar los límites legales de ruido alcanza casi 430.000 euros. La empresa Madrid Destino, dependiente del departamento de cultura y turismo, fue la encargada de gestionar estos grandes eventos municipales.
Las multas se impusieron por 66 infracciones de las normas acústicas, algunas de ellas en zonas especialmente protegidas, como la Plaza Mayor y la Plaza Gabriel Miró. En estos lugares, durante conciertos y celebraciones, el nivel de ruido no solo superó los valores permitidos, sino que en ocasiones alcanzó los 100 decibelios, muy por encima incluso de los límites especiales establecidos para este tipo de eventos.
La paradoja del autocastigo: dinero del presupuesto que vuelve al presupuesto
La situación resulta absurda: los fondos para pagar las multas salen del presupuesto de Madrid Destino y regresan a las arcas del propio Ayuntamiento. Formalmente, la ley se cumple, pero en la práctica, el dinero simplemente circula dentro del sistema. Para la oposición, no se trata solo de finanzas: consideran que las autoridades deben dar ejemplo y cumplir las mismas normas que los organizadores privados.
Curiosamente, en los primeros años el Ayuntamiento intentó recurrir sus propias multas, pero desde 2024 prefirió reconocer la responsabilidad y pagar voluntariamente para obtener un descuento del 40%. A pesar de ello, el monto total pagado en estos cuatro años sigue siendo considerable.
Fiestas ruidosas y sanciones leves
En la mayoría de los casos, las infracciones están relacionadas con fiestas multitudinarias y conciertos, cuando el ayuntamiento se otorgaba permisos para exceder el límite estándar de 45 decibelios hasta los 75. Sin embargo, las mediciones en las fachadas de los edificios registraban niveles que superaban con creces incluso esas concesiones. Según la normativa, por violaciones especialmente graves no solo se imponen multas, sino también medidas como la suspensión del evento, la incautación del equipo o incluso la prohibición de celebrar actividades similares durante varios años. Sin embargo, las autoridades solo aplicaban sanciones económicas a sí mismas, sin recurrir a acciones más severas.
La multa más alta impuesta no superó los 24.000 euros, aunque la ley establece que por infracciones graves la cantidad puede llegar a los 300.000. Así, a pesar de las infracciones reiteradas, las fiestas municipales continúan y el sistema sancionador permanece como una mera formalidad.
Planes de futuro y críticas
En octubre del año pasado, el ayuntamiento presentó un nuevo plan para combatir la contaminación acústica. El documento señala que los grandes eventos urbanos son la causa principal de las quejas vecinales. Sin embargo, las medidas propuestas se limitan a recomendaciones: mantener el diálogo con los organizadores, utilizar pantallas de aislamiento acústico y restringir el horario de los actos. Según la oposición, esto no es suficiente para reducir realmente el ruido ni proteger los intereses de los vecinos.
Mientras tanto, Madrid sigue de fiesta, y la administración municipal continúa poniéndose multas a sí misma, pagadas con los mismos fondos destinados a la organización de los eventos. Una paradoja que, al parecer, satisface a todos, excepto a los vecinos que sueñan con algo de tranquilidad.












