
En el barrio madrileño de Hortaleza tuvo lugar recientemente un evento que no dejó indiferente a ninguno de sus habitantes. Fausto González, quien trabajó durante 16 años en la farmacia del barrio, puso fin a su carrera profesional. Su despedida dio pie a una emotiva y espontánea reunión, a la que acudieron cientos de personas. Para muchos, Fausto no era solo el farmacéutico, sino un verdadero amigo y consejero, alguien a quien acudir no solo en busca de medicinas, sino también de apoyo.
La historia de Fausto recuerda a la de otro conocido boticario del barrio, Adolfo Ruiz Espiga, quien hace más de treinta años también era muy querido por los vecinos. Tras su repentina muerte en la farmacia, el barrio entero quedó conmocionado y miles se acercaron a despedirle. Desde entonces, en Hortaleza no se olvida lo importante que es para la comunidad contar con alguien que no solo expende medicamentos, sino que demuestra un auténtico compromiso con cada persona.
La continuidad generacional
Salvador San Andrés, uno de los vecinos más antiguos del barrio, recuerda que Fausto se convirtió en el “heredero” de Adolfo para Hortaleza. Aunque nunca se conocieron personalmente, compartían una forma similar de relacionarse con la gente y una implicación genuina en la vida del barrio. Según Salvador, Fausto no se limitaba a cumplir su trabajo, sino que transformó la farmacia en un lugar al que acudir en busca de ayuda en cualquier situación.
A diferencia de las farmacias modernas, cada vez más enfocadas en la venta de cosméticos y productos complementarios, Fausto siempre apostó por el aspecto médico. Conocía a cada cliente habitual por su nombre, se interesaba por su salud y siempre estaba dispuesto a escuchar. Prestaba especial atención a los residentes mayores del barrio, para quienes su cuidado era realmente importante.
Un trato humano
Eduardo Valero, el conserje del edificio vecino, también tuvo un papel especial en la vida de la farmacia. Junto a Fausto, se convirtieron en una parte inseparable de la vida del barrio, especialmente durante la pandemia de COVID-19. Cuando Fausto estuvo en cuarentena, Eduardo ayudaba a llevar medicamentos a quienes no podían salir de casa. Su tándem se convirtió en un símbolo de solidaridad y apoyo en tiempos difíciles.
La despedida de Fausto se organizó de manera espontánea: los vecinos empapelaron el barrio con anuncios para que acudiera el mayor número posible de personas y pudieran agradecerle. Esa noche, más de 150 personas se reunieron frente a la farmacia, cuando en realidad esperaban muchas menos. El propio Fausto se emocionó hasta las lágrimas, y su amigo Eduardo bromeó diciendo que debía beber más agua para no deshidratarse por la emoción.
La voz del barrio
Entre los asistentes a la despedida estaba Pilar Sanz, de 83 años, que no ocultaba sus sentimientos. Confesó que, tras la marcha de Fausto, se sentía huérfana, ya que ahora tenía que explicar sus problemas a nuevos farmacéuticos que no conocían su historia. Para muchos vecinos, Fausto llegó a ser parte de su vida, y su marcha se siente como una pérdida personal.
El propio Fausto reconoce que la decisión de marcharse no fue fácil. La razón principal fue su deseo de pasar más tiempo con su familia: sus padres, su esposa y su hija de 13 años. Con los años, se dio cuenta de que había dedicado demasiado tiempo a la farmacia, mientras que sus seres queridos quedaban en segundo plano. Ahora espera recuperar el tiempo perdido, aunque admite que todavía no se ha acostumbrado a su nueva vida.
Un nuevo capítulo
Incluso después de dejar la farmacia, Fausto sigue ayudando a sus antiguos clientes: responde correos electrónicos y ofrece asesoramiento en línea. Su profesionalidad y calidad humana siguen siendo muy valoradas, a pesar de su cambio de ritmo de vida. En el distrito de Hortaleza, su nombre se ha convertido en sinónimo de auténtica dedicación y compromiso.
Si no lo sabía, Fausto González proviene de una familia de médicos: su bisabuelo, su abuelo y dos tíos también se dedicaron a la medicina. Fausto eligió la profesión de farmacéutico para continuar la tradición familiar, pero lo hizo a su manera: poniendo énfasis en el trato personal y el apoyo. Su farmacia en la calle Santa Adela se convirtió para muchos en un “hogar de ayuda”, y el propio Fausto será recordado en Hortaleza durante mucho tiempo.












