
En las últimas semanas ha ganado popularidad en Valencia un nuevo formato de vídeo: blogueros y activistas recorren barrios de la ciudad y cuentan cuántos comercios y cafeterías pertenecen a extranjeros. A menudo, estos vídeos contraponen los nuevos negocios a los tradicionales, mientras que de fondo se escucha la palabra «invasión». Los protagonistas suelen ser personas procedentes de América Latina y el Magreb, no los expatriados europeos, que también se están instalando activamente en los barrios. Estos contenidos acumulan visitas rápidamente, pero reflejan una tendencia peligrosa: la normalización de actitudes prejuiciosas hacia quienes han llegado a España desde otros países.
En la sociedad se afianza la idea de que los forasteros desplazan a los locales y que los nuevos negocios supuestamente destruyen la vida tradicional. Pero si observamos de cerca la realidad de la ciudad, resulta evidente que Valencia desde hace tiempo es hogar de personas de muchas nacionalidades. Según el ayuntamiento, casi uno de cada cinco habitantes nació fuera de España. La mayoría son trabajadores comunes que construyen su vida y contribuyen al desarrollo de sus barrios.
Rostros de la ciudad
En la vida cotidiana de Valencia, los extranjeros no son una estadística abstracta, sino vecinos, colegas y amigos. Por ejemplo, Jean, de Ecuador, que se mudó aquí con su familia, trabaja como peluquero y recientemente consiguió un nuevo empleo gracias a su destreza. En el edificio de al lado, una japonesa enseñó a los locales a usar palillos, y una familia turca comparte dulces de garbanzo y almendra. Los palestinos abrieron un local de comida rápida con el mejor shawarma, y un barbero de Pakistán decoró su salón con la bandera valenciana en señal de agradecimiento a la ciudad.
En cada barrio se pueden encontrar restaurantes georgianos con vino casero, bares chinos donde sirven desayunos típicamente españoles y tiendas gestionadas por inmigrantes de diferentes países. Estas personas no solo trabajan, sino que también se integran a la comunidad local, apoyan a sus vecinos y participan en la vida del barrio. A pesar de las declaraciones de algunos políticos que afirman que los migrantes no crean comunidad, la realidad demuestra lo contrario.
Problemas urbanos
Valencia enfrenta retos importantes que no están relacionados directamente con la migración. Uno de los principales problemas sigue siendo el flujo incontrolado de turistas, lo que provoca el aumento de los precios de la vivienda y altera la estructura de los barrios. Las autoridades suelen tomar decisiones en favor de los propietarios de apartamentos turísticos y no de los residentes. La infraestructura no se adapta al ritmo de los cambios demográficos, el sistema de transporte necesita inversiones y la política medioambiental de la ciudad está por detrás de los estándares europeos.
Al mismo tiempo, el nivel de criminalidad en Valencia está disminuyendo y la llegada de nuevos residentes ayuda a mantener el equilibrio en la pirámide demográfica. La ciudad necesita inversiones en integración y medidas de seguridad eficaces para que todos los habitantes se sientan protegidos. Es fundamental que la lucha contra la delincuencia no se convierta en motivo de discriminación, sino en un estímulo para el desarrollo de normas justas y transparentes para todos.
El futuro de Valencia
Valencia está cambiando y esos cambios son visibles a cada paso. Los nuevos residentes traen consigo tradiciones, recetas, idiomas y perspectivas de vida. Abren negocios, generan empleo, enseñan nuevas habilidades a sus vecinos y se convierten en parte de la historia de la ciudad. En lugar de buscar culpables por los cambios, la ciudad debería centrarse en encontrar soluciones para un futuro común.
En un contexto en el que las dificultades económicas y sociales afectan a todos, especialmente a los jóvenes, es importante resistir la tentación de buscar respuestas fáciles y de dividir a las personas entre ‘nosotros’ y ‘ellos’. Valencia es una ciudad para todos los que estén dispuestos a trabajar, aprender y construir una nueva vida. Y precisamente esa diversidad es la que la hace más fuerte.











