
En Madrid, los placeres habituales e incluso los momentos más íntimos de la vida poco a poco se están convirtiendo en parte del mercado. Lugares que en su día fueron míticos, como el famoso bar Candela, donde se escuchaba auténtico flamenco, ahora renacen como clubes exclusivos para unos pocos elegidos. La entrada cuesta una suma considerable y el ambiente cálido y acogedor ha sido reemplazado hace tiempo por uno mucho más comercial. Incluso intentar entrar se convierte en toda una odisea: ahora es imprescindible enfrentarse a porteros y reglas estrictas. Los visitantes habituales han dejado paso a quienes están dispuestos a pagar por un “experiencia única”.
Una noche en este tipo de locales ya no es simplemente un encuentro con amigos o una diversión espontánea. Todo forma parte de un guion meticulosamente diseñado, donde cada paso implica un coste adicional. Hasta conversar con el personal de seguridad se convierte en un juego en el que está en juego no solo el dinero, sino también la sensación de pertenecer a un círculo selecto. Para muchos madrileños esto se ha transformado en el símbolo del cambio: los placeres sencillos han sido reemplazados por entretenimientos costosos, y la vida en la ciudad se ha convertido también en un “servicio exclusivo”.
La experiencia por encima de la vida
Hoy en Madrid es cada vez más habitual escuchar: “Esto no es solo vivir, es una experiencia”. Un paseo por las calles, una noche en un bar, incluso el estudio diario, todo se convierte en un producto que se puede comprar o vender. Cuanto más caro y singular es el momento, mayor es su valor. Para unos es una forma de destacar, para otros, un lujo inalcanzable. Como consecuencia, la ciudad se convierte en un escenario para coleccionistas de sensaciones, donde todos buscan hacerse con algo especial, aunque solo sea por un instante.
Los filósofos llaman a esto “sociedad de hiperconsumo”, donde las emociones y los acontecimientos se venden igual que los objetos. En Madrid, esta sensación se percibe con especial claridad: incluso las necesidades básicas —vivienda, educación, atención médica— forman parte del mercado. El acceso a ellas depende del dinero, y por tanto, no está al alcance de todos. La vida cotidiana se convierte en una sucesión de experiencias de pago, mientras que los sentimientos genuinos y la espontaneidad quedan relegados a un segundo plano.
Una ciudad para unos pocos
En la capital de España, cada vez más personas se sienten ajenas en su propia ciudad. Vivir aquí significa pagar constantemente por la posibilidad de participar en la “experiencia”. Incluso entrar a una universidad o alquilar un piso se presenta ahora como una aventura especial, accesible solo para quienes pueden permitírselo. Para el resto, Madrid se convierte en un sueño inalcanzable, donde el dinero y los contactos lo deciden todo.
Las autoridades regionales fomentan activamente este modelo. La presidenta de la autonomía, por ejemplo, concibe incluso los aspectos más importantes de la vida —la salud, el nacimiento, la muerte— como servicios más dentro del mercado. El sistema sanitario se basa en el principio de libre elección, pero en la práctica esto significa que los pacientes son una moneda de cambio para quienes gestionan los hospitales. Las decisiones no se toman por las personas, sino por el beneficio, y esto afecta a todos los habitantes de la ciudad.
La salud como servicio
La atención médica en Madrid hace tiempo que dejó de ser una garantía para todos. Ahora es otra “experiencia” a la que sólo se accede bajo ciertas condiciones. Los directivos de los hospitales gestionan libremente los flujos de pacientes, eligiendo a quienes generen mayores ingresos. Para la gente común, esto significa una lucha constante por acceder a servicios básicos que antes se consideraban un derecho fundamental.
Todo esto conforma una nueva actitud ante la vida: incluso los momentos más íntimos pasan a formar parte del mercado. El nacimiento de un hijo, un tratamiento médico o el cuidado de los seres queridos ahora se valoran en términos de rentabilidad. En un sistema así, se pierde lo esencial: la humanidad y el cuidado. Madrid se convierte en una ciudad donde cada paso se mide en euros y los sentimientos verdaderos ceden ante la lógica comercial.
Por si no lo sabían, la presidenta de Madrid —Isabel Díaz Ayuso— es conocida por su apoyo a las reformas de libre mercado en sanidad y educación. Su política sigue la línea iniciada por Esperanza Aguirre y apuesta por la máxima libertad de elección para los consumidores. Sin embargo, los críticos señalan que este sistema beneficia sobre todo a las grandes compañías y a los inversores privados, y no a los ciudadanos comunes. El ex socio de Díaz Ayuso también está vinculado a negocios en el sector sanitario, lo que suscita aún más dudas sobre la transparencia y la equidad de las decisiones adoptadas.












