
En las vastas tierras de la comunidad autónoma de Castilla y León, en el corazón de la histórica comarca de la Maragatería, se extiende una ciudad cuyo nombre no resuena tan frecuentemente en los folletos turísticos como Madrid o Barcelona. Sin embargo, este lugar posee un magnetismo tejido por siglos de historia y capas culturales. Su singularidad radica en su ubicación en la encrucijada de dos grandes rutas: el camino de peregrinación a Santiago de Compostela y la antigua “Ruta de la Plata” (Vía de la Plata). Esta situación lo convirtió en un crisol donde el legado del Imperio Romano convive con el austero Medievo, y las fantasías del modernismo catalán se mezclan con la opulencia del barroco.
Para comprender el alma de este pueblo hay que adentrarse en su remoto pasado. Fundado como campamento militar de legionarios, pronto se transformó en un próspero centro imperial bajo el nombre de Asturica Augusta. Desde aquí, los romanos gestionaban la explotación de las riquísimas minas de oro de la región. Hoy es posible encontrar ecos de aquella época literalmente bajo los pies. Fragmentos conservados de poderosas murallas, que aún protegen el centro histórico, dan testimonio elocuente de su antiguo esplendor. Un recorrido especialmente diseñado permite sumergirse en la antigüedad, explorando restos de termas, sistemas subterráneos de alcantarillado e incluso las ruinas de un templo dedicado al emperador Augusto. No son simples piedras, sino testigos vivos de dos mil años de historia.
Sobre las antiguas callejuelas se alza la majestuosa Catedral de Santa María. Su construcción fue un proyecto de varios siglos, iniciado en el siglo XV en el lugar de una antigua iglesia románica. Esta prolongada obra otorgó al edificio un aspecto ecléctico, pero sorprendentemente armonioso. Las formas góticas austeras se funden suavemente con motivos renacentistas, mientras que la fachada sur impresiona por su abundancia de elementos decorativos barrocos. En el interior de la catedral se conserva un verdadero tesoro: el altar mayor, realizado por el destacado escultor Gaspar Becerra. Esta obra monumental está considerada como una de las joyas del Renacimiento español.
Sin embargo, quizá el edificio más inesperado y fascinante sea el Palacio Episcopal. Este edificio neogótico, que recuerda a un castillo de cuento de hadas, es obra del genial Antoni Gaudí. La aparición de uno de sus tres proyectos fuera de su Cataluña natal aquí no es casualidad. Tras el incendio total de la antigua residencia episcopal a finales del siglo XIX, el prelado local, paisano del arquitecto, le pidió crear algo totalmente nuevo. Gaudí aceptó con entusiasmo el encargo y diseñó el inmueble con su característico cuidado por los detalles y el juego de luz y espacio. Hoy, el edificio alberga el Museo de los Caminos, cuya exposición está dedicada a la historia de las peregrinaciones. Visitar el palacio es una oportunidad para acercarse al genio del maestro en un entorno completamente inusual para él.
Un paseo por la ciudad estaría incompleto sin visitar la plaza principal, la Plaza Mayor. Aquí se encuentra el ayuntamiento de estilo barroco, coronado por un reloj con figuras móviles de maragatos que marcan el tiempo. Es el corazón de la vida pública, un lugar ideal para tomar un café y observar el tranquilo ritmo de la España provincial. Para sumergirse por completo en el ambiente local, vale la pena descubrir la gastronomía. El plato principal es el cocido maragato, un guiso abundante que se sirve de una manera especial: primero la carne, luego las verduras y los garbanzos, y por último el caldo con fideos. También hay que probar la célebre cecina (carne de vaca curada) y, de postre, los delicados bizcochos “mantecadas”, que se han convertido en el símbolo dulce de esta región.
Así, un viaje hasta aquí es mucho más que una simple visita turística. Es una inmersión total en la auténtica cultura española, donde cada piedra del empedrado y cada receta local cuentan su propia historia. Este lugar ofrece al viajero la rara oportunidad de ver cómo distintas épocas y estilos no solo conviven, sino que crean un espacio único y memorable que deja una huella profunda en la memoria.












