
En España vuelve a agudizarse la polémica en torno a la reforma de la ley de seguridad ciudadana, conocida popularmente como la «ley mordaza». Esta cuestión afecta directamente a los derechos y libertades de la ciudadanía, así como al trabajo policial y a la relación de la sociedad con el poder. Aunque en 2024 se alcanzaron pactos entre los principales partidos, la tramitación de los cambios quedó bloqueada por la compleja correlación de fuerzas en el Parlamento y los constantes desencuentros políticos.
Obstáculos políticos
A comienzos de 2026, casi un año y medio después de que la reforma pasara su primera fase de debate, no ha avanzado ni un paso. Si bien al principio parecía que el acuerdo entre PSOE, Sumar y EH Bildu, respaldado posteriormente por ERC, PNV y BNG, abriría la puerta a las modificaciones, la realidad fue distinta. La decisión de Junts de abandonar el pacto de coalición con el Gobierno de Pedro Sánchez en octubre de 2025 solo agravó la situación. Ahora, sacar adelante cualquier proyecto de ley exige una compleja suma de apoyos y la falta de unidad entre fuerzas de izquierda y nacionalistas hace el proceso prácticamente imposible.
Esta es ya la tercera tentativa de modificar la ley, vigente desde 2015. En 2019, la reforma fracasó por la disolución anticipada del Parlamento, y en 2023, por desacuerdos entre PSOE, Unidas Podemos y PNV por un lado, y ERC, Junts, EH Bildu y BNG por otro. Actualmente, las negociaciones se reducen a contactos informales y reuniones esporádicas, como el encuentro mantenido el 25 de junio de 2026 entre representantes de PSOE, Sumar, ERC, EH Bildu y PNV, que no produjo resultados concretos.
Principales puntos de conflicto
Las principales discrepancias giran en torno a cuatro puntos: el uso de balas de goma para dispersar protestas, las sanciones por falta de respeto a la policía, la responsabilidad por desobediencia a los agentes de seguridad y el procedimiento de deportación rápida de migrantes en situación irregular en la frontera. Junts, Podemos y BNG exigen la prohibición total de las balas de goma, mientras que EH Bildu y ERC proponen un periodo transitorio, y PSOE, Sumar y PNV abogan por una sustitución gradual de este método junto con el desarrollo de nuevos protocolos, sin especificar plazos concretos.
Las diferencias políticas se ven agravadas por la competencia interna entre los partidos. Por ejemplo, Junts, según algunos interlocutores, teme perder apoyo electoral ante el auge de la ultraderecha en Cataluña. Al mismo tiempo, acusan al PNV de haber cambiado posiciones previamente acordadas, aunque sus representantes lo niegan. En el seno del PSOE reconocen que la reforma está estancada, pero insisten en su voluntad de avanzar a pesar de las condiciones adversas.
Acusaciones mutuas
En los últimos meses, las negociaciones prácticamente no han avanzado. Los grupos parlamentarios se acusan mutuamente de inacción y de falta de voluntad política. Algunos opinan que el PSOE retrasa deliberadamente la tramitación de las medidas más controvertidas para evitar nuevas derrotas en el Parlamento. Otros señalan la “pasividad” de Podemos y la falta de disposición de Junts para llegar a acuerdos. Así, a pesar del acuerdo formal de la mayoría de los partidos en varios artículos, los temas clave siguen sin resolverse.
La situación recuerda a las recientes crisis políticas, cuando la presión sobre el gobierno aumenta bruscamente debido a conflictos internos y el descontento social. Por ejemplo, en el caso de la investigación de la tragedia en Adamuz, cuando la oposición exigía explicaciones inmediatas a Sánchez y el líder de Madrid insistía en su dimisión, como se analizó en detalle en el reportaje sobre la presión política tras el accidente en Adamuz.
Contexto y consecuencias
Según informa El País, la falta de avances en la reforma de la ley de seguridad refleja una tendencia general hacia la fragmentación política en España. En una situación donde ningún partido logra una mayoría estable, incluso las iniciativas más relevantes para la sociedad quedan bloqueadas. Esto genera un clima de incertidumbre y refuerza la desconfianza en las instituciones.
En los últimos años, España se ha enfrentado en varias ocasiones a situaciones donde reformas que afectan los derechos de los ciudadanos han quedado estancadas debido a desacuerdos políticos. Por ejemplo, los intentos de cambiar la legislación laboral o reformar el sistema educativo se han visto repetidamente paralizados en el Parlamento. Estos procesos provocan que, incluso tras llegar a acuerdos preliminares, los cambios reales se pospongan indefinidamente y la tensión social siga creciendo.











