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En Colmenar Viejo comenzarán la identificación de víctimas de fusilamientos tras 86 años

La genética ayuda a las familias a encontrar paz: se revelan los secretos de la España de posguerra

En Colmenar Viejo se iniciará próximamente la identificación genética de las víctimas de fusilamientos. Las familias esperan poder conocer el destino de sus seres queridos. El proyecto promete cerrar viejas heridas y devolver la identidad a los fallecidos.

En la pequeña localidad de Colmenar Viejo, al norte de Madrid, la esperanza ha resurgido décadas después del final de la Guerra Civil. Las familias que perdieron a sus seres queridos durante los años de represión se preparan para un momento largamente esperado: los restos de los fusilados pronto podrían ser identificados gracias a técnicas genéticas modernas. Para muchos, es la primera oportunidad en toda su vida de saber dónde descansa su familiar y, finalmente, despedirse como corresponde.

Benita Navacerrada recuerda aquel día, cuando tenía apenas siete años. Escuchó los gritos en la plaza de San Sebastián de los Reyes y vio cómo subían a su padre, Facundo, junto a otros hombres, a un camión atestado. Ya han pasado 86 años desde entonces, pero los recuerdos siguen vivos. Su padre, fundador de la célula local del sindicato UGT, fue asesinado en el vecino Colmenar Viejo. Hasta hoy, Benita desconoce el paradero de su tumba y sueña con algún día poder depositar flores en su verdadero lugar de descanso.

La búsqueda de los nombres

En 1939, cuando la guerra ya había terminado, 108 personas —107 hombres y una mujer— fueron fusiladas en Colmenar Viejo. En los dos últimos años, se han recuperado los restos de 77 víctimas de fosas comunes, pero solo dos han podido ser identificadas. Los otros 75 cuerpos se encuentran ahora en el laboratorio de la Facultad de Biología de la Universidad de Madrid, donde esperan su turno para los análisis de ADN. Recientemente, el Estado ha destinado más de 114.000 euros a estos trabajos, lo que ha renovado la esperanza de las familias.

La mayoría de las víctimas fueron fusiladas junto a los muros del cementerio local. Sin embargo, el destino de algunos, como el padre de Benita, sigue rodeado de rumores y conjeturas. Según una de las versiones, fue quemado vivo y sus restos podrían no estar en la fosa común. Benita recuerda cómo su hermana mayor intentó encontrar el cuerpo de su padre entre los asesinados, pero sin éxito. Ahora espera que la ciencia ayude a descubrir al menos una parte de la verdad.

Historias familiares

La Comisión de la Verdad en San Sebastián de los Reyes ha recopilado unas cincuenta muestras de ADN de descendientes de las víctimas. Estas muestras se compararán con los restos para determinar los lazos familiares. Según los representantes de la comisión, el proceso será complicado: muchos cuerpos llevan más de ochenta años enterrados y no todos están bien conservados. En algunos casos, la humedad ha destruido el ADN, pero los especialistas mantienen el optimismo y esperan poder devolver la identidad al menos a una parte de los fallecidos.

Para las familias no es solo una formalidad. Esther Mateo, nieta del exalcalde de la ciudad Manuel Mateo, cuenta que durante años una bicicleta sin terminar permaneció en su casa como símbolo de un sueño truncado. Su abuelo fue fusilado en octubre de 1939, y al día siguiente la familia recibió papeles conmutando la pena de muerte por prisión. La familia está convencida de que no fue una casualidad. Para Esther y sus seres queridos, poder encontrar los restos de su abuelo es una oportunidad para honrar su memoria y quizás, por primera vez en muchos años, sentir algo de alivio.

El peso del silencio

Durante décadas, muchos descendientes de las víctimas no conocían los detalles de la tragedia familiar. El miedo y la represión obligaban a la gente a guardar silencio sobre el pasado. Según los investigadores, la mayoría de los ejecutados estaban vinculados a sindicatos u organizaciones de izquierda. Algunos eran tan jóvenes que no llegaron a tener hijos, por lo que encontrar ahora a sus familiares resulta especialmente difícil.

Daniel García, bisnieto de una de las víctimas, escuchó la historia familiar por primera vez en 2018, cuando se colocó una placa conmemorativa en el cementerio. Fue entonces cuando su abuelo se atrevió a contar la tragedia que había permanecido prohibida durante tantos años. Para muchas familias, este proyecto es no solo una búsqueda de restos, sino también la oportunidad de recuperar el derecho a la memoria y al orgullo por sus antepasados.

Esperanza de justicia

Las labores de exhumación e identificación continúan. Las familias esperan los resultados de los análisis, que pueden cambiarles la vida. Para ellas no solo es importante conocer la verdad, sino también poner fin al duelo que ha durado casi un siglo. Cada persona hallada e identificada es una pequeña victoria sobre el olvido y el miedo que dominaron estos lugares durante tanto tiempo.

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