
España se enorgullece con razón de su impresionante patrimonio monumental. Majestuosas catedrales, palacios deslumbrantes y enormes complejos monásticos como El Escorial o Montserrat atraen cada año a millones de viajeros. Frente a este gigantismo arquitectónico, casi pasa desapercibida la historia de un lugar que es todo lo contrario. En la provincia de Cáceres, en un rincón aislado de la región de Extremadura, se esconde el monasterio más pequeño del mundo, cariñosamente llamado «conventito». Su superficie es de apenas 72 metros cuadrados, similar al tamaño de un piso urbano estándar, pero su importancia espiritual es inmensamente mayor.
Un gigante espiritual en una celda diminuta
La historia de este asombroso monasterio está intrínsecamente ligada a la figura de su fundador, San Pedro de Alcántara. Este monje franciscano, nacido en 1499 y convertido en patrón de Extremadura, destacó no solo por su espíritu, sino también por su imponente estatura de 190 centímetros. Educado en la prestigiosa Universidad de Salamanca, abrazó los ideales de San Francisco de Asís y dedicó su vida a un estricto ascetismo y servicio. Su entrega absoluta a la pobreza y la humildad se reflejaba en cada aspecto de su vida. Mantenía una profunda amistad con Santa Teresa de Ávila, quien, según los relatos, quedó profundamente impresionada por su modo de vida. Contaba cómo este monje gigante dormía durante años sentado en su celda, apoyando apenas la cabeza en una viga de madera en la pared, ya que su refugio era tan pequeño que ni siquiera le permitía estirarse por completo.
Setenta y dos metros de fe
El monasterio de El Palancar fue fundado en 1557. Su historia comenzó cuando un amigo de Pedro de Alcántara, Rodrigo de Chaves, le regaló una pequeña casa en el lugar de Pedroso de Acim. Esta modesta construcción se convirtió en el núcleo del futuro monasterio. Junto a otro hermano monje, acondicionaron el espacio siguiendo la idea de la renuncia personal. El interior contaba con varias celdas, una cocina, comedor y una capilla. Esta última era tan estrecha que, según las crónicas, apenas podían entrar dos monjes al mismo tiempo. La celda del fundador era la más pequeña y austera, símbolo auténtico de su filosofía de vida. Las habitaciones de sus compañeros eran algo más «espaciosas», aunque solo cabía un simple catre de madera. Todo el mobiliario era sumamente sencillo: un hogar en la cocina y unos pocos utensilios. Incluso el patio interior, o claustro, era solo una pequeña explanada con cuatro postes de madera en las esquinas, marcando los límites del espacio sagrado.
Un legado que no se mide en metros
Con el tiempo, el complejo monástico fue creciendo y se añadieron nuevos edificios, más amplios, a su alrededor. Sin embargo, aquella parte original, ese pequeño «monasterio» de 72 metros cuadrados que dio fama mundial a este lugar, se ha conservado intacto. Hoy, esta construcción única está abierta a los visitantes, permitiendo a cada uno acercarse a una historia de increíble fortaleza de espíritu y sacrificio. El Palancar es un recordatorio poderoso de que la grandeza no siempre se mide en tamaño o esplendor. En un país de catedrales majestuosas y residencias reales, este diminuto rincón de humildad y fe posee un atractivo singular, demostrando que el verdadero legado espiritual puede caber en unas pocas decenas de metros cuadrados.












