
En Logroño se ha desatado una polémica en torno a una alumna de origen pakistaní, a quien se le prohibió asistir a clases en el instituto Práxedes Mateo Sagasta por llevar hiyab. La joven, de 17 años, se convirtió en el centro de la atención tras negarse a quitarse el velo, pese a las nuevas normas del centro educativo.
Al inicio del curso escolar, la dirección del centro impuso una restricción sobre el uso de prendas en la cabeza, medida que afectó a siete alumnas. Seis de ellas accedieron a retirarse el hiyab para poder asistir a clase. Sin embargo, una de las jóvenes decidió defender su postura, argumentando que estas medidas vulneran su derecho a la educación y a la identidad religiosa. Según ella, en ningún apartado del reglamento escolar se prohíbe el uso del hiyab, y considera injustas las exigencias de la dirección.
La situación pronto superó los límites del instituto. A los pocos días, manifestantes se congregaron a las puertas del centro para apoyar a la estudiante. En internet se lanzó una campaña de recogida de firmas para anular la prohibición, logrando captar la atención de miles de personas en poco tiempo. Al momento de redactar esta información, más de 8.000 personas habían respaldado la petición.
En La Rioja, la comunidad musulmana representa aproximadamente el 7,6% de la población, y anteriormente no se habían registrado casos similares en la capital de la región. La joven contó que antes estudiaba en otro instituto de la ciudad, donde no tuvo este tipo de problemas. Eligió este centro educativo por su programa internacional de bachillerato, pero ahora se enfrenta a una disyuntiva: renunciar al hiyab o perder la oportunidad de cursar el programa elegido.
El reglamento interno de la escuela no contiene una prohibición explícita sobre los pañuelos religiosos; sin embargo, la administración se ampara en el apartado que prohíbe cubrirse la cabeza dentro del edificio. La dirección del centro ha amenazado con medidas disciplinarias adicionales si la joven sigue incumpliendo las nuevas normas. En caso de reincidencia, podría ser expulsada y perder el acceso al bachillerato internacional.
La joven no se rindió y, junto con sus simpatizantes, organizó una protesta frente a la escuela. A la manifestación se sumaron alumnos de otros centros y representantes de organizaciones sociales. Aunque cuenta con apoyo, reconoce que se ha visto obligada a acatar temporalmente las normas para no perder dos años de estudios. No obstante, sigue luchando por sus derechos y llama a la sociedad a no permanecer indiferente.
Este caso ha reavivado el debate sobre los límites de la libertad religiosa en las escuelas españolas y hasta dónde pueden llegar las normas internas de los centros educativos. Las autoridades regionales, por el momento, no intervienen, apelando a la autonomía escolar, pero la reacción pública sigue creciendo.












