
En pleno corazón de Madrid tuvo lugar una escena que ningún testigo olvidará: dos mujeres mayores, con pañuelos blancos en la cabeza, símbolos de dolor y esperanza, recibieron un premio que para muchos significa justicia. Sus nombres son Sara Mrad y Carmen Arias. A sus espaldas, décadas de lucha, familiares desaparecidos y miles de historias que aún siguen sin resolverse. Son testigos vivos de la etapa más oscura de la historia argentina, cuando las desapariciones eran cotidianas y la búsqueda de la verdad se convirtió en el propósito de toda una vida.
Su aparición sobre el escenario desató una oleada de emociones: lágrimas, aplausos, miradas llenas de tensión. El pañuelo blanco, que alguna vez fue un simple pañal infantil, se volvió emblema de resistencia y memoria. Detrás de cada pañuelo hay un destino imposible de olvidar. Sara y Carmen no son solo representantes del movimiento, son su corazón. Sus seres queridos desaparecieron en 1977 y, desde entonces, no han detenido su búsqueda, a pesar de amenazas, presiones e indiferencia de las autoridades.
Nombres perdidos
En Argentina, según la asociación, cientos de niños fueron arrancados de sus familias durante los años de la dictadura. Algunos terminaron en manos de militares, otros en orfanatos donde su pasado fue borrado. Hasta hoy, cerca de 300 personas viven sin saber quiénes son realmente. Para las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo esto no es solo una cifra: es un dolor diario y el motivo para no rendirse.
En Madrid, su lucha encontró una nueva resonancia. El premio entregado en memoria de los abogados asesinados se convirtió no solo en un reconocimiento a sus méritos, sino también en un recordatorio de que la lucha por la justicia no tiene fronteras. Los españoles, que han vivido sus propias tragedias, vieron en estas mujeres un reflejo de sus miedos y esperanzas. Para Sara Mrad, esto significó una muestra de solidaridad entre pueblos que no olvidan sus heridas.
Voces del pasado
En la sala también se encontraba Leonardo Fossati, un hombre con un destino excepcional. Él es uno de los que, gracias a los esfuerzos de la asociación, logró recuperar su nombre y su pasado. Su historia es como un fragmento de un espejo roto: años de dudas, sensaciones extrañas, ninguna semejanza con la familia adoptiva. Solo un análisis de sangre y una base de datos permitieron descubrir la verdad: sus padres fueron secuestrados cuando su madre estaba embarazada de siete meses.
Hoy, Fossati es un participante activo del movimiento, uno de los que continúa el legado de las abuelas. No lo oculta: en Argentina resuenan nuevamente voces que justifican los crímenes del pasado. Para él, el apoyo internacional no es solo un gesto, sino un respaldo vital en una situación en la que el Estado le da la espalda a la verdad.
Nuevas amenazas
Paula Sansone, otra representante de la generación criada a la sombra de la tragedia, habla sobre los nuevos desafíos. Sus padres fueron secuestrados cuando ella era muy pequeña, pero tuvo suerte: no la separaron de su familia. Ahora ayuda a otros a buscar sus raíces, pero enfrenta una resistencia inesperada. Las autoridades no solo han suspendido el apoyo, sino que muestran una hostilidad abierta: en internet proliferan campañas de acoso y a las víctimas se las llama terroristas.
La asociación se ve obligada a buscar nuevas fuentes de financiación para poder continuar su labor. En la web han habilitado una colecta de donaciones, pero no es suficiente. Paula admite que, cuando el Estado ofrecía ayuda, lograban recuperar más nombres. Ahora toca luchar no solo contra el olvido, sino también contra una oposición activa.
El relevo generacional
A pesar del cansancio y la edad, Sara Mrad y Carmen Arias no piensan rendirse. Están convencidas de que solo preparando a la nueva generación se podrá preservar la memoria y evitar que la tragedia vuelva a repetirse. En sus voces resuena la preocupación: el actual Gobierno en Argentina les genera más inquietudes que todos los años anteriores. No confían en ninguna promesa y piden a los jóvenes no bajar la guardia.
Para estas mujeres, la lucha se ha convertido en un modo de vida. Su historia habla no solo del pasado, sino también del futuro, en el que la verdad y la justicia siguen bajo amenaza. Sus pañuelos blancos recuerdan que, incluso tras décadas, las heridas no sanan y la memoria necesita nuevos héroes.











