
La situación en Robregordo refleja los profundos cambios demográficos que afectan a las pequeñas localidades de España. Para los habitantes del país, esto es más que simples estadísticas: la desaparición de vecinos de toda la vida y la transformación del entorno rural impactan directamente en el futuro de las regiones, su economía y su identidad cultural. Robregordo, ubicado a menos de una hora de Madrid, ilustra cómo la migración y el éxodo interno modifican la estructura social.
En el centro del pueblo reina el silencio, y la calle del Real, antes bulliciosa, hoy se encuentra casi vacía. Según datos de El Pais, solo un tercio de los 96 habitantes registrados reside allí de manera permanente. Puede pasar toda una semana sin cruzarse con un vecino, y el único punto de encuentro es el bar, regentado por el joven marroquí Sofyan. Incluso él admite que sobrevivir aquí es difícil. Los jubilados locales, como Antonio Casanov y su esposa Juliana, rara vez ven a algún vecino. Sus días transcurren a la espera de algún acontecimiento y el contacto social se limita a encuentros esporádicos.
La crisis demográfica en Robregordo no es una novedad para la región. El año pasado se celebraron seis funerales, pero gracias a la llegada de nuevos vecinos la población no ha descendido de forma drástica. Los migrantes ya representan el 28% de los habitantes, y entre los recién llegados no hay solo extranjeros, también madrileños cansados del ritmo urbano. En el pueblo conviven nueve nacionalidades distintas, desde Marruecos y Senegal hasta Ucrania e Italia. Como señala El Pais, prácticamente ninguno de los actuales residentes nació aquí.
Nueva etapa y cambios
El cargo de alcaldesa fue asumido por Marisol Erreño, nacida en Colombia, quien según sus propias palabras se convirtió en la primera extranjera en ocupar este puesto en España. Su victoria en las elecciones de 2023 fue posible gracias al apoyo de migrantes, a quienes convenció personalmente para que respaldaran su candidatura. Antes de esto, residía en Getafe y no conocía el pueblo. Ahora, la política local gira en torno a la integración y al intento de establecer un diálogo entre los diferentes grupos. Erreño considera que solo a través de proyectos conjuntos y la vivienda social se puede mantener la vida en el pueblo.
En el pasado, Robregordo era conocido por los conflictos entre familias y los frecuentes cambios de gobierno: en 1994 hubo cinco alcaldes en solo ocho meses. La estabilidad llegó de la mano del socialista Óscar Monterrubio, y ahora Erreño enfrenta el reto de unir a personas con puntos de vista y costumbres diferentes. En el pueblo surgen nuevos símbolos: murales en las paredes con retratos de una vecina y de una dominicana, y en las vallas aparecen mensajes que expresan descontento ante los recién llegados. La convivencia no siempre es fácil y la integración avanza con dificultad.
Vivienda y empleo
Robregordo también atrae a quienes buscan vivienda asequible: alquilar una casa aquí cuesta menos de 500 euros. Sin embargo, conseguir alojamiento disponible es complicado: muchos prefieren mantener sus casas cerradas y no las alquilan a los recién llegados. Los nuevos vecinos, como la pareja Javier y Beatriz, que llegaron desde el barrio madrileño de San Blas en busca de tranquilidad, señalan que los locales reciben a los forasteros con cierta resistencia. Apenas hay empleo: según el Atlas de Movilidad, solo nueve personas trabajan oficialmente en el pueblo, todas ellas contratadas temporalmente por el municipio. Solo el jardinero reside de manera permanente.
Los intentos de emprender se topan con desconfianza y hermetismo. Javier y Beatriz admiten que no planean quedarse aquí para siempre: los inviernos duros y la falta de futuro invitan a pensar en otros horizontes. Muchos forasteros no permanecen mucho tiempo y los pensionistas locales se sienten cada vez más aislados. Juliana recuerda cuando en el pueblo había vida, pero ahora solo espera los oficios de los domingos en la iglesia.
Soledad y cambios
El sacerdote Antonio Alba, el último de los nuevos residentes, llegó desde el centro de Madrid. Ahora oficia misa para tres personas en vez de trescientas. Señala que en estos lugares la soledad suele ser consecuencia de las circunstancias y no de una elección. Según él, el mundo ha cambiado y el pueblo ya no es el que era. Vecinos veteranos como Antonio Casanov tampoco nacieron aquí: llegó en 1968 por asignación, cuando un grupo de ferroviarios fue destinado al pueblo. Entonces, una nueva ola migratoria dio vida a Robregordo, pero hoy la situación es diferente.
Una situación similar se observa en otros pueblos de España, donde la migración se convierte en la única vía para mantener la población. Por ejemplo, en Grazalema, tras una masiva evacuación y el éxodo de habitantes, las autoridades destinaron fondos a la recuperación y la infraestructura, lo que permitió a la localidad iniciar una nueva etapa. Más detalles sobre estos cambios se pueden consultar en el reportaje sobre la recuperación de Grazalema tras el éxodo masivo.
En los últimos años, los pequeños municipios de España se enfrentan cada vez más al problema de la desaparición de la población autóctona y la integración forzada de nuevos residentes. Las autoridades regionales experimentan con programas de alquiler social, apoyo a pequeños negocios e iniciativas culturales para devolver la vida a las zonas rurales. Sin embargo, el éxito de estas medidas depende de la disposición de los habitantes locales a aceptar cambios y de las posibilidades económicas de quienes llegan. En algunos casos, como en Robregordo, la migración se convierte en la única vía para sobrevivir, aunque no garantiza recuperar el ambiente ni las tradiciones de antes.












