
Una vida entre Barcelona y el País Vasco
La mañana del 21 de noviembre de 2000, el día comenzó para el alcalde de San Sebastián, Odón Elorza, con discusiones sobre nuevas iniciativas para promover la paz. Llamó a Ernest Lluch, que se encontraba en Barcelona, para concertar una cita. Esa misma tarde se supo la noticia de la tragedia: el exministro de Sanidad de España, conocido por sus reformas, había sido asesinado por terroristas de ETA.
Ernest Lluch, profesor de historia económica, después de dejar el cargo de rector de la Universidad Menéndez Pelayo en Santander, solía visitar San Sebastián con frecuencia. Allí adquirió una vivienda, inspirado por las historias de su madre sobre la belleza de la ciudad. Para él, este lugar se convirtió no solo en un refugio, sino también en un espacio para el trabajo académico y la reflexión.
Lluch se integró rápidamente en la vida local. Su interés por la cultura y la política de Euskadi lo llevó a colaborar estrechamente con políticos y figuras públicas de la región. No se limitó al ámbito universitario; participó activamente en la vida de la ciudad, convirtiéndose en asesor del ayuntamiento de manera voluntaria y forjando muchas amistades entre conocidos antifranquistas y nacionalistas.
Aporte político y lucha por el diálogo
En la universidad, Lluch colaboró con destacados historiadores y juristas, y participó en los cursos de verano donde se debatían temas de convivencia y federalismo. Sus opiniones se caracterizaban por la apertura y la búsqueda de consensos. Consideraba que poner fin a la violencia era la tarea principal de la región e intentó implicar a los nacionalistas en el proceso constitucional.
A finales de los años 90, cuando crecían los sentimientos independentistas en el País Vasco, Luc participó activamente en movimientos sociales, apoyó plataformas de diálogo y abogó por la aproximación de posturas. Sus intervenciones públicas provocaban fuertes reacciones, especialmente entre los nacionalistas radicales, que lo veían como un forastero entrometiéndose en sus asuntos.
En 1999, durante la campaña electoral en San Sebastián, Luc apoyó a los socialistas, lo que desató una ola de indignación entre sus opositores. Sus palabras sobre la llegada de la democracia y su llamado al cese de la violencia fueron ampliamente debatidos en la prensa y se convirtieron en símbolo de esperanza para el cambio.
Los últimos meses y el trágico desenlace
Tras la reanudación de la actividad terrorista en el año 2000, Luc sentía un peligro creciente. Era consciente de que se había convertido en una figura destacada y ya no podía permanecer en la sombra. A pesar de la inquietud, no quiso abandonar la ciudad, considerándolo un signo de debilidad, especialmente después de la muerte de sus amigos a manos de los terroristas.
En el verano de 2000, Luc llegó como de costumbre al festival de música en San Sebastián. Sus amigos notaron que estaba preocupado por la situación. En agosto fue testigo de otro acto violento en la ciudad, lo que aumentó aún más su inquietud. Sin embargo, siguió participando en la vida política, apoyando a jóvenes líderes y hablando en eventos públicos.
En octubre, Lluch presentó un libro sobre el futuro del País Vasco en Madrid, donde nuevamente se encontró con noticias de nuevas víctimas del terrorismo. Su análisis de la situación fue preciso: comprendía que los extremistas buscaban desplazar a los nacionalistas moderados y reemplazarlos con su propia influencia.
Legado y cambios tras la tragedia
Una semana después de asistir a un partido de fútbol en San Sebastián, Lluch fue asesinado en Barcelona. Su muerte desató protestas masivas y marcó un punto de inflexión para la sociedad española. En Barcelona, una multitudinaria manifestación exigió el reinicio del diálogo y la búsqueda de caminos hacia la paz.
Bajo la presión de la opinión pública, los líderes políticos se vieron obligados a retomar las negociaciones. Pronto se firmó un nuevo pacto, que representó una versión renovada del acuerdo de lucha contra el terrorismo. Esta medida aceleró el aislamiento de los extremistas y llevó a su debilitamiento, sentando las bases de una nueva etapa en la historia del País Vasco.
Ernest Lluch permanece en la memoria como alguien que no temía ir contra la corriente, luchó por la paz y creyó en el poder del diálogo. Su vida y su trágica muerte se convirtieron en símbolo de cambio y esperanza para muchos españoles.











