
El Gobierno español se enfrenta a una decisión difícil: aceptar o rechazar la invitación de Donald Trump para unirse al Consejo de Paz, que supervisará la reconstrucción de Gaza tras el alto el fuego entre Israel y Hamás. No se trata solo de una misión humanitaria, sino también de las posibles repercusiones políticas de ese paso. Madrid está consultando con sus socios europeos y globales, ya que la invitación también ha llegado a otros países, incluido Rusia, Bielorrusia y la Comisión Europea.
Trump actúa, como siempre, con contundencia. Su enfado por la negativa de Francia a participar en el Consejo se tradujo en la amenaza de imponer aranceles del 200% a los vinos y champanes franceses. Emmanuel Macron respondió en el Foro Económico de Davos afirmando que Francia no cede ante la presión y prefiere el respeto a la ley frente a la dictadura de la fuerza. Este intercambio se convirtió de inmediato en tema de debate en los círculos diplomáticos.
Nueva estructura
El Consejo de Paz está concebido como un organismo internacional encargado de supervisar la reconstrucción de la devastada Gaza. Sin embargo, según el plan de Trump, sus competencias podrían ir mucho más allá de la región de Oriente Próximo. El presidente de EE UU pretende liderar personalmente el Consejo y otorgarse la potestad de decidir quién es digno de ser miembro. Para obtener un puesto permanente, se exige a los países una aportación mínima de mil millones de dólares.
Este enfoque genera preocupación en muchos países. En los pasillos se comenta que Trump podría utilizar el Consejo como una alternativa a la ONU, organismo al que ha criticado repetidamente y tratado de debilitar. El secretario general de la ONU, António Guterres, recordó que es precisamente la Asamblea General la que une a la comunidad mundial y sirve como plataforma para el diálogo, el desarrollo y la protección de los derechos humanos. Sus palabras sonaron como una advertencia contra los intentos de crear estructuras paralelas.
Tensiones diplomáticas
Trump incluyó en la lista de invitados a unas cincuenta naciones, entre ellas no solo aliados de Estados Unidos, sino también países con reputación controvertida. Rusia aún no ha respondido, mientras que Bielorrusia, por el contrario, apoyó la idea con entusiasmo, algo que los diplomáticos europeos interpretaron como un desafío. Israel, por su parte, se opone rotundamente a la participación en el Consejo de países islámicos como Turquía y Catar.
Estaba previsto que el Consejo de Paz se estableciera oficialmente en Davos, donde Trump asistía al foro económico. Sin embargo, por las discrepancias y el escepticismo de varios países, incluida Francia, la firma se ha pospuesto. En los pasillos de Davos reina la tensión: algunos ven en la iniciativa una oportunidad para un nuevo formato de resolución, mientras que otros la consideran una amenaza al equilibrio internacional.
Competencias reales
A pesar de las declaraciones contundentes, el Consejo de Paz no tendrá funciones ejecutivas. Su tarea será supervisar la implementación de la segunda fase del plan de paz para Gaza, que contempla la retirada de las tropas israelíes y el desarme de Hamás. El poder real estará concentrado en manos de un comité especial integrado por el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, el yerno de Trump Jared Kushner, el enviado especial de la Casa Blanca Steve Witkoff y el ex primer ministro británico Tony Blair.
Todo esto convierte al Consejo en una herramienta de influencia política y no en una estructura internacional independiente. Muchos países temen que, bajo la apariencia de una misión humanitaria, EE. UU. intente imponer sus propias reglas y desplazar a la ONU de posiciones clave en los asuntos globales.
El dilema español
Para España, la cuestión de participar en el Consejo de Paz no es solo diplomática, sino también reputacional. Por un lado, Madrid no quiere quedarse al margen del proceso de reconstrucción de Gaza y perder influencia en la región. Por otro, involucrarse en un proyecto rodeado de polémicas y sospechas podría afectar las relaciones con sus socios europeos y minar la confianza en las instituciones internacionales.
Por ahora, las autoridades españolas no se apresuran a tomar una decisión. Dentro y fuera del país continúan las consultas, mientras que en los círculos diplomáticos se debate si conviene ceder ante el presidente estadounidense, que no oculta sus ambiciones y está dispuesto a ejercer presión económica para lograr sus objetivos. España se encuentra en el centro de un nuevo gran juego, donde las apuestas son mucho más altas que la simple reconstrucción de una ciudad destruida.












