
En pleno centro de Barcelona, bajo la bulliciosa Via Laietana, volvió a cobrar vida una estación de metro que muchos consideraban ya olvidada. Correos, cerrada en 1972, abrió sus puertas por unas horas para curiosos vecinos y visitantes de la ciudad. Durante décadas, esta estación subterránea se convirtió en toda una leyenda entre los aficionados a la historia urbana y el transporte.
La estación está situada entre Jaume I y Barceloneta, justo debajo del edificio de correos. Inaugurada en 1934, funcionó casi cuarenta años hasta que fue clausurada debido a la ampliación de la línea y a la escasa distancia entre las plataformas adyacentes. Aquella noche, cuando el metro no operaba, pequeños grupos descendieron al túnel para caminar por las vías y adentrarse en un espacio donde el tiempo parecía haberse detenido.
En su interior se conservan antiguos letreros, carteles publicitarios e incluso materiales de propaganda de la época de Franco. Llamaron especialmente la atención las lámparas originales y los azulejos, que en 1956 fueron reemplazados por el famoso “gris metro”. Es interesante que aquí, por primera vez en España, se utilizó iluminación fluorescente: para la época, supuso un verdadero avance tecnológico.
Sin embargo, a pesar de la expectación por la apertura, las autoridades no tienen previsto integrar Correos como parte habitual de la ruta. Resulta demasiado complejo y costoso detener la circulación de trenes y modificar el horario de servicio solo para visitas guiadas. Además, la estación no cuenta con una salida independiente a la calle: solo se puede acceder a través del túnel, cuando los trenes no están en funcionamiento.
En su momento, Correos no era considerada una arteria de transporte importante: solo tenía una plataforma y sufría constantes problemas de humedad debido a su proximidad al mar. Sin embargo, fue precisamente su autenticidad y ambiente lo que la convirtió en un imán para los amantes de la urbanística. Hoy en día, puede verse todo tal como estaba el día de su cierre — incluso los detalles más pequeños permanecen intactos.
En el marco del centenario del metro de Barcelona, también se abrieron otros espacios poco habituales: los talleres de Santa Eulàlia, la central eléctrica de Mercat Nou, el centro de control de tráfico y otra estación ‘fantasma’, Gaudí, que nunca llegó a recibir pasajeros, pero cuenta con un acceso independiente desde la calle.











