
Fausto González Chavero, que hoy tiene 54 años, se despidió recientemente de la farmacia de siempre en el barrio de Hortaleza, en Madrid. Aquel día, casi doscientas personas —vecinos, amigos, clientes habituales— se reunieron en la puerta. Para muchos, su marcha fue una sorpresa y un momento emotivo. A lo largo de los años no solo fue farmacéutico, sino también un verdadero amigo y consejero para los residentes del barrio.
Ahora se puede ver a Fausto en la cafetería La Llama, en Chamberí, donde pasa las mañanas tomando café. No le gusta hablar de sí mismo ni llamar la atención, pero accedió a contar su historia. Su decisión de dejar la farmacia está motivada por el deseo de dedicar más tiempo a su familia: su esposa, su hija y sus padres mayores. El padre de Fausto ha sobrevivido a dos infartos y dos enfermedades oncológicas, y ahora el hijo quiere estar cerca de él.
Raíces familiares
La profesión de farmacéutico no llegó por casualidad a Fausto. Su bisabuelo, también llamado Fausto González, era boticario en la aldea de La Guardia (Toledo), y su abuelo ejercía de médico allí mismo. Aunque soñaba con la medicina, Fausto no pudo ingresar en la facultad deseada en Madrid y empezó a estudiar Farmacia, sin dejar su ciudad natal. Con el tiempo, comprendió que su vocación estaba en la farmacia: le permitía estar cerca de la gente y ayudarlos cada día.
De niño, Fausto estuvo a menudo enfermo, se fracturó huesos y siempre tuvo adultos cerca dispuestos a ayudarle. Esta experiencia, junto con el cuidado de su abuela que padecía Alzheimer, le hicieron desarrollar una sensibilidad especial hacia las personas mayores. Recuerda cómo ayudaba a su madre a atender a la abuela cuando sus hermanos ya vivían aparte. Fue entonces cuando aprendió a comprender y apoyar a la generación mayor, algo que más tarde se convertiría en una parte fundamental de su trabajo.
Un trato humano
Fausto está convencido de que lo principal en esta profesión no son solo los conocimientos, sino también saber escuchar, empatizar y estar presente. No se considera el farmacéutico más erudito, pero siempre ha intentado ofrecer a sus clientes algo más que un simple consejo sobre medicamentos. Para muchos, su farmacia se ha convertido en un lugar donde se puede hablar con confianza, comentar temas familiares o compartir alegrías y preocupaciones.
Recuerda que a menudo se quedaba después del turno para escuchar a un visitante más. A veces las conversaciones se prolongaban durante horas, pero Fausto nunca lamentó el tiempo invertido. Considera que esa confianza y atención le dieron un valor especial a su trabajo. Según él, sin el apoyo y la apertura de los vecinos, no habría logrado desempeñarse como realmente quería.
El relevo generacional
Ahora, en el lugar de Fausto trabaja un nuevo farmacéutico, a quien los vecinos han recibido con calidez. Fausto procura no ir a la farmacia para no interferir y permitir que su sucesor se integre al equipo y conecte con los clientes. Está seguro de que el nuevo profesional se desenvolverá bien, ya que ahora hay una empleada más en la farmacia, lo que hará que la atención sea más rápida y cómoda.
Fausto no planea retirarse por completo. Quiere dedicar más tiempo a su familia, pero no descarta volver a trabajar de otra manera. Por ahora, disfruta de un merecido descanso y de la compañía de sus seres queridos.
Vínculo con el barrio
Para los vecinos de Hortaleza, Fausto llegó a ser mucho más que un simple farmacéutico. Su partida ha generado una ola de agradecimiento y recuerdos. La gente comparte historias sobre cómo los ayudó en momentos difíciles, brindando apoyo tanto con palabras como con hechos. Muchos reconocen que echarán de menos sus consejos y su trato amable.
Fausto cuenta que siempre se sintió parte de una gran comunidad. Agradece a todas las personas que confiaron en él sus preocupaciones y alegrías. Según dice, eso es lo que hizo que sus años trabajando en la farmacia fueran inolvidables.
Si no lo sabías, Fausto González Chavero es farmacéutico de tercera generación y ha dedicado gran parte de su vida al servicio de la gente. Su nombre es bien conocido en Hortaleza y Chamberí, donde se ha convertido en un símbolo de humanidad y profesionalismo. A lo largo de los años, ha ayudado a cientos de vecinos y su manera de trabajar es un referente para sus colegas. Actualmente, Fausto sigue viviendo en Madrid, manteniéndose fiel a sus principios y valores.












