
En la escarpada costa del Alt Empordà, donde los Pirineos se encuentran con el Mediterráneo, se esconde un pequeño pedazo de tierra unido al continente por un estrecho istmo artificial. Este lugar, conocido como Castellà, no es solo un acantilado pintoresco, sino un auténtico palimpsesto histórico. Bajo su superficie, que aparenta una falsa tranquilidad, se hallan vestigios de más de tres mil años de actividad humana, desde rituales prehistóricos hasta fortificaciones del siglo XX. Situado frente al municipio de Llançà, esta antigua isla ha servido durante siglos como refugio, puesto comercial y estratégico punto de observación, contemplando en silencio el paso de civilizaciones e imperios.
Las investigaciones arqueológicas realizadas en este tramo de la costa de la provincia de Girona han permitido desvelar parte de su pasado más remoto. Fragmentos de cerámica, adornos y huellas de enterramientos encontrados en el lugar apuntan claramente a que ya estuvo habitado durante la Edad del Bronce Final, aproximadamente entre los siglos X y VII antes de Cristo. Los expertos sugieren que, en aquellos tiempos lejanos, el aislamiento natural del promontorio lo convertía en un sitio ideal para rituales o como punto de paso en las animadas rutas marítimas que unían las distintas culturas del Mediterráneo. Era un lugar de poder, donde los antiguos navegantes hallaban refugio e intercambiaban mercancías.
Siglos después, en los agitados tiempos de la Edad Media, la importancia estratégica de este enclave volvió a situarse en primer plano. Para defenderse de los constantes ataques piratas y controlar las zonas marítimas fronterizas, aquí se construyó una torre de vigilancia de planta circular. Esta imponente estructura se convirtió en símbolo de poder y dominio sobre las rutas marítimas. Sin embargo, su destino fue trágico: en el siglo XVIII, durante la Guerra dels Segadors, la torre fue destruida y, hasta nuestros días, solo han llegado sus pintorescas ruinas, que evocan el antiguo esplendor y los duros conflictos del pasado.
La historia reciente también ha dejado una huella marcada en las rocas de Castellar. En la cima, perfectamente camuflados en el paisaje, todavía se conservan dos búnkeres de hormigón. Estas fortificaciones fueron construidas durante la Segunda República como medida preventiva ante posibles ataques marítimos en vísperas de un conflicto global. Hoy, estos silenciosos guardianes de cemento son un sombrío recordatorio del tenso clima político que vivió Europa en la primera mitad del siglo XX y del compromiso por defender cada centímetro del litoral.
Hoy, cuando ya han quedado atrás las guerras y las batallas piratas han cesado, Castellar se ha transformado en un lugar de paz y contemplación. Su valor militar y arqueológico ha dado paso a la belleza natural y a la atmósfera histórica. El perfil rocoso bañado por las olas y las vistas panorámicas del mar infinito atraen a fotógrafos, artistas y turistas que buscan conectar con la naturaleza salvaje de la Costa Brava. Es uno de esos rincones donde la geología, la historia y la estética se funden creando una experiencia única.
Para los habitantes de Llançà, este antiguo islote forma parte inseparable de su identidad cultural y su patrimonio marítimo. Situado entre dos espacios naturales emblemáticos —el Parque Natural del Cap de Creus y el Paraje Natural de Interés Nacional de la Albera— simboliza la convivencia armoniosa entre el ser humano y la naturaleza. La conservación de este enclave único permite no solo comprender mejor el pasado de las comunidades locales, sino también preservar para las futuras generaciones un paisaje donde historia y naturaleza mantienen un diálogo eterno.
Visitar este rincón del Empordà es una oportunidad para viajar en el tiempo y recorrer, en pocos pasos, más de tres mil años de historia mediterránea. Es un recorrido por distintas épocas cuyos ecos aún resuenan en el rumor de las olas y el susurro del viento entre las piedras ancestrales. Aquí, en la frontera entre el mito y la realidad, cualquiera puede sentir el aliento de la eternidad y tocar los secretos más profundos que la costa de la Costa Brava guarda con tanto celo.












