
El 27 de septiembre de 1975 tuvieron lugar en España las últimas ejecuciones, que se convirtieron en símbolo del final de la era de la dictadura de Francisco Franco. Dos meses antes de la muerte del dictador, en diferentes ciudades del país —incluidas Hoyo de Manzanares, Barcelona y Burgos— se ejecutaron sentencias de muerte contra cinco personas. Entre ellas se encontraban tres miembros del Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP) y dos integrantes de ETA. Todos fueron condenados por tribunales militares, donde ni siquiera se respetaron los principios básicos de un juicio justo.
Ahora, cincuenta años después, la cuestión de quiénes eran estas personas —víctimas del régimen o criminales— ha vuelto a suscitar un intenso debate. Las autoridades ya han reconocido a algunos de ellos como víctimas de la dictadura y han anulado sus condenas. Sin embargo, parte de la clase política y de los movimientos sociales exige el reconocimiento oficial de los cinco como luchadores por la democracia y la celebración de actos estatales en su honor.
Al mismo tiempo, no todos comparten esta interpretación. Un nuevo estudio, publicado en 2025, apunta que la investigación contó con pruebas sólidas de la implicación de los ejecutados en el asesinato de miembros de las fuerzas de seguridad. Los autores señalan que, pese a las irregularidades en los procesos judiciales, los acusados no eran inocentes. El libro describe con detalle las circunstancias de la muerte de cinco miembros de la policía y la guardia civil, cuyos nombres hoy están casi olvidados.
El debate ha sido especialmente intenso en el País Vasco. Allí, la fuerza política Bildu promueve activamente el reconocimiento de los ejecutados como héroes, lo que genera un fuerte rechazo no solo entre conservadores, sino también entre socialistas y nacionalistas que forman parte del gobierno regional. Las asociaciones de víctimas del terrorismo y fundaciones de la memoria insisten en que no se debe considerar héroes a personas que pertenecieron a organizaciones terroristas y cometieron graves delitos. La cuestión de cómo tratar estos acontecimientos sigue dividiendo a la sociedad española y causa inquietud tanto a las familias de las víctimas como a las de los ejecutados.












